Verdad o no verdad…

Verdad o no verdad…
Inicio desactivadoInicio desactivadoInicio desactivadoInicio desactivadoInicio desactivado
 

 

Mi ciudad está llena de gente que dice tener la verdad absoluta, parte de esa gente es priísta, otra parte es panista, otra más es perredista y otra no sabe qué es pero también dice tener la verdad. Pero, ¿qué es la verdad?, ¿con qué se come la verdad?, ¿una verdad a medias es una mentira a medias?; analicemos. “La verdad os hará libres”, dice una sentencia bíblica, aunque yo creo que esa es una mentira a medias, como las mentiras piadosas, o una media verdad, como las verdades que duelen. No, desde luego, se trata aquí de desarrollar una postura filosófica de la verdad, de qué es y de cuándo hay que decirla o cuándo no. Sólo, créanmelo, trataba de explicarme por qué unas verdades parecen mentiras y unas mentiras parecen verdades; por qué, a veces, vale más decir una mentira que decir una verdad, y por qué una mentira dicha cien veces casi parece verdad.

Adán y Eva comieron del árbol de la verdad y no fueron libres, nomás se ganaron la expulsión del paraíso y, de paso, nos fastidiaron a todos con el pecado original. Pero bueno, eso, como diría la nana Goya, es otra historia. Esto es, con mucho, más frívolo que aquello, ¿o no tanto? En fin, verdades dichas como van —es decir, como se piensan— no hacen libre a nadie. Ahí está el caso de Galileo Galilei.

El señor, en plena Edad Media, afirmó que la tierra se movía. La Iglesia lo condenó, por hereje, a cadena perpetua. Aunque después, amablemente le cambió la sentencia por un arraigo domiciliario —tipo PGR—, con la condición de que abjurara de sus teorías. Ahí nació la frase ‘Eppur si muove’ (Y sin embargo se mueve) que, señala la leyenda, dijo entre dientes para no traicionar a la verdad.

Pasemos a ejemplos más cotidianos y, si me lo permiten, menos solemnes. Unas de las que siguen son mentiras piadosas y otras, no tanto.

“Si te comes tus verduras crecerás fuerte y sano.” Negativo pareja, negativo, pues cientos de chaparros que sobrevivieron comiendo en su niñez insípidas calabacitas y judías hervidas, van por la vida sin alcanzar el tubo del camión y sirviendo como prueba viviente de esta falacia. Ah, y también, sirviendo de depositarios de apodos como “Tapón de alberca, “El medio metro”, “Sotaco”, “Chaparro”, etcétera.

“Santa Claus trae regalos en navidad.” Al menos en mi caso es la mentira más grande de la historia de la humanidad.

“Los fantasmas y los espantos gustan de la oscuridad” ¡Naaaaa! Si así fuera en las películas de terror no aparecerían puertas con mucha luz saliendo de las rendijas ¿Qué hacen los fantasmas, sacan fotocopias detrás de ellas, o qué?
“El refrigerador produce comida espontáneamente” Si no es así, ¿por qué vamos a abrirlo cada quince minutos para ver qué hay de nuevo?
“Las ondas electromagnéticas del teléfono celular, que causan cáncer en el cerebro, se desechan caminando.” No se explica de otro modo que la gente ande de un lado a otro cuando tiene una llamada.

“Te ves… te ves… preciosa”: La mentira más socorrida cuando nuestra esposa se ha hecho un corte de pelo nuevo.

“¡Pero qué gusto tenerla por acá!”: Mentira piadosa “de cajón” cuando llega nuestra suegra a casa.

“Las puertas de los elevadores se abren más rápido cuanto más veces se apriete el botón.”: Verdad empírica de los usuarios de elevadores; por eso cada uno de los que van juntándose para subir o bajar aprietan el botón conforme van llegando.

Y como esas verdades —o mentiras piadosas—, miles más: “Leer los instructivos causa cáncer.” “El América es el mejor equipo de México.” “Yo no fui.” “Llego antes de las dos.” “Sólo es una amiga.” “El lechero es mi primo, ¿no te lo había dicho?” “A mí esa vieja ni me gusta.” “No te va a doler…” “La maestra me tiene tirria.” “Ni siquiera lo toque.” “Te juro que no se lo cuento a nadie.” “Nada más lo acabo de leer y te lo regreso.” “¿Ella?, no, nunca la había visto.” “Me mandaba a buzón, me cae.” Etcétera.

Ante tanta mentira que parece verdad, o ante tanta verdad que suena como a mentira, uno ya no sabe qué hacer. No se puede ir por la vida expresando siempre la verdad porque hay verdades que precisan de mucha diplomacia para decirse; ni tampoco puede uno ir diciendo sólo mentiras piadosas porque, tarde o temprano, nuestra esposa se encontrará una amiga arpía que le dirá la verdad —verdadera— acerca de su peinado.

Habré de concluir, entonces, con lo que dijo Campoamor: “Y es que en este mundo traidor, no hay verdad ni mentira: todo es según el color del cristal con que se mira…”
Aunque, hasta en esto último tengo mis dudas: ¿qué tipo de cristal?, ¿con un ojo o con los dos?...
¿quién sabe, con verdad, la verdadera verdad?  

Alejandro Hernández y Hernández
Comentarios: Esta dirección de correo electrónico está siendo protegida contra los robots de spam. Necesita tener JavaScript habilitado para poder verlo.