Pésimos optimistas

Pésimos optimistas
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Mi ciudad está llena de optimistas, gente que sale a la calle con quince minutos apenas para llegar a su trabajo, escuela, negocio, etcétera, sin tomar en cuenta el endemoniado tráfico vial tan xalapeño… y desquiciante; ellos sufren mucho y siempre llegan tarde a todos lados. Hay, por supuesto, muchos pesimistas también, esos son a los que, irónicamente, les va mejor, pues de plano piensan que no vale la pena ir a ninguna parte porque con tanto coche, tanto embotellamiento y tanta mentada de madre entre automovilistas estresados, jamás van a llegar a ninguna parte y mejor ni salen. ¿Pero, qué es mejor, ser optimista o ser pesimista? A mí me parece que es mejor ser uno de esos a los que yo llamo: Pésimos optimistas.

“El día que la mataron, Rosita andaba de suerte; de tres tiros que le dieron nomás uno era de muerte.” El anterior es un fragmento del famoso corrido de Rosita Alvirez, y viene muy bien para el tema que ocupa a esta humilde columna: los pésimos optimistas.

Seres sorprendentes que, aunque me parecen patéticos, no me dejan de asombrar; ellos son capaces de encontrarle el lado bueno hasta a lo más malo, lo cual no le hace bien a nadie, ni a ellos mismos y, si acaso, nomás los conduce a hacerse como se hacía Tío Lolo, ese que se hacía tarugo solo. Pongamos un ejemplo que cualquiera ha presenciado alguna vez. Un tipo choca su auto, se le quema la casa, o le pasa alguna desgracia y, aunque herido, damnificado o afectado en algo, siempre dice: me rompí un brazo, perdí la casa, me robaron todo, pero menos mal que no me pasó esto o aquello —y menciona morir, quedar paralítico, loco o amputado—. ¿No es maravilloso? Ya se lo jodió la vida pero piensa que pudo haber sido peor y eso lo consuela. Esos son los que para todo dicen: Uno como quiera, ¿pero y las criaturas? O sea, aún en la más vil de las desgracias siempre hay otro que puede estar peor que uno. Aunque, si a los demás les va igual de mal que a ellos también eso los pone “contentos”; de ahí el dicho: mal de muchos consuelo de tontos.

Quizá sea una autodefensa ante los embates de la vida, pero a mí la verdad me causa grima tanto optimismo; es más a veces creo que eso tiene cierto grado de perversidad. Hay un axioma que ya casi es lugar común de tanto que se repite y que dice: “Me quejaba de que no tenía zapatos, salí a la calle y vi a un hombre que no tenía piernas”. El pésimo optimista encontrará cierta luz en tal afirmación, sin embargo, yo encuentro bastante malévolo que las desgracias ajenas sirvan para hacerlo sentir mejor a uno. Es como cuando una madre le dice a su hijo: “Cómete la sopa, si vieras cuántos niños muriendo de hambre hay en el África te la acabarías toda.” ¡Pobres niños! Crecerán con un sentido de culpa enquistado y, además, serán adultos obesos —obligados en su subconsciente a comer hasta no ver el plato vacío—, pero eso sí, optimistas, porque ellos sí tienen qué comer y otros no.

A mí me gusta vivir siendo un pesimista irredento —realista— y no me dejo llevar por optimistas viscerales que nomás, irónicamente, lo ponen a uno de malas con su “buena onda”. Yo creo en lo que dice este otro adagio: “El pesimista se queja del tiempo, el optimista espera que cambie, el realista ajusta las velas.”

Así como ser el más pésimo de los pesimistas —que eso también inmoviliza— no está bien, mucho optimismo no es bueno; no puede serlo porque encubre los riesgos, crea falsas expectativas, disfraza las amenazas posibles y hace que uno baje la guardia. Alcanzar un cierto grado de felicidad no se puede construir con puras buenas intenciones y “buena vibra” nomás; se precisa de mucha incredulidad también, pues como se dice por ahí, ni la luna es de queso ni todo lo que brilla es oro. Un pesimismo

moderado, llamémoslo realismo vital, es necesario en todo momento y en todas las empresas humanas. Tan es así que existe la inobjetable Ley de Murphy —“Si algo puede salir mal, saldrá mal”—, la cual debería ser tomada en cuenta por todos los padres cuando sus hijos hacen los primeros “solitos” en una bicicleta. Siempre se caen.

Hasta los santos tienen su pesimista de cabecera. Cada hombre o mujer que la Iglesia pretende llevar a los altares tiene su propio advocatus diabol —abogado del diablo—. El oficio de este abogado, generalmente clérigo doctorado en derecho canónico, es objetar, exigir pruebas y descubrir errores en toda la documentación aportada para demostrar los méritos del presunto candidato a los altares como beato o santo. Es decir, un pesimista necesario.

Yo no creo en el optimismo porque no sirve de nada; en los ochentas había una cancioncilla que era de una campaña de no sé qué cosa y que decía: “Únete a los optimistas, levanta la cara, únete a los optimistas…” Un día estaba en la parada del autobús y en tanto esperaba miraba a un albañil que, mientras ponía un andamio, cantaba y cantaba el sonsonete en cuestión. No bien había acabado de armarlo, y de subirse en él, éste se vino abajo y el alarife se descalabró. Ahí entendí que ser optimista igual y no sirve de maldita cosa

Alejandro Hernández y Hernández Comentarios, sugerencias o reclamos: Esta dirección de correo electrónico está siendo protegida contra los robots de spam. Necesita tener JavaScript habilitado para poder verlo.