La voz de tus pensamientos

A través de la ventana entraron los últimos rayos de sol tornando el azul turquesa del   mar en añil el cual palideció ante el zarco de tu vestido. Afuera la gente en su paseo por el   malecón al mirar la majestuosidad del edificio, iluminado por cientos de luces, veían en toda su magnitud tus enormes rizos caer por abajo de tus hombros. Poco a poco la belleza del mar cedió su foco  quedando frente a mí, el bullicio de la mesa se fue apagando hasta el silencio donde solo tu voz resonaba llenando el espacio  con notas de emoción que viajaban entre la concurrencia  con dirección hacia mí. Me subí en el torrente de emoción y nadé en contracorriente, sentí tu respiración y llegué a tus labios caminando en su contorno cereza, subí a tus enormes ojos y desde ahí me ví atónito frente a ti, viajé a la fuente de tus ideas y llegué hasta tu universo de axones flanqueado por tus impulsos. Me dirigí a tus recuerdos donde vi cofres llenos de tesoros de los que logré abrir algunos y vi lo que tus ojos vieron y sentí lo que tus palmas sintieron: la textura de las hojas amarillentas llenas de palabras que te alimentaron desde tu temprana edad. Bruscamente se me requirió salir, algo inesperado pasó allá afuera ¿qué me pudo haber sacado de tu fuente de pensamientos? A mi pesar, ya de regreso me descolgué de los axones de luz centellante cuyo caudal me trasladó hasta tus ojos donde al arribar el arroyo de luz en difracción perfecta les daban un brillo radiante. Desde esa posición me mire maravillado frente a ti, empecé a comprender la razón que requería toda mi atención, pero tuve que brincar a mi lugar y girar mi vista para terminar de entender la pertinencia de haberme regresado: El cuadro se había modificado, ahora un chal en tono índigo cubría tus hombros, con la noche en tu pelo espeso tan largo que tocaba la mesa y de fondo la ribera cuyo fulgor enmarcando tu enigmática sonrisa le daba un toque místico a tu imagen, fue la expresión de belleza que jamás había visto.