¿Qué hacer ante la adversidad?

Que estamos atribulados en todo, mas no angustiados; en apuros, mas no desesperados; perseguidos, mas no desamparados; derribados, pero no destruidos. 2 Corintios 4:8-9

La terrible adversidad, cuanto dolor y tribulaciones nos causa, siempre tememos su llegada. En ese sentido, cuando vemos que algún semejante está envuelto en ella, en ese instante pensamos: a mi no me va a pasar.

Sin embargo, aunque exista el rechazo fervoroso a vivir malos tiempos, tal circunstancia está definida por varios aspectos, algunos de los cuales escapan de nuestro control y otros provocados por nosotros mismos, voluntaria o involuntariamente.

Por ejemplo, no está en manos del hombre detener un huracán y aunque se tomen medidas de protección, podemos salir afectados, ya sea en la merma de los bienes materiales, ya sea en lesiones corporales o en la pérdida de seres queridos.

Por el contrario, si un día nos damos a los excesos etílicos y nos accidentamos o, en su caso, nos involucramos en negocios ilegales que después tendrán consecuencias penales, quiere decir que nos alejamos de los caminos del Señor y pagamos las perniciosas secuelas.

A propósito, del anterior párrafo, es trascendente recordar lo que nos dice el rey Salomón en Proverbios 16:17, respecto de andar en caminos torcidos:

“El camino de los rectos se aparta del mal;Su vida guarda el que guarda su camino”.

Pues bien, retomando, cuando el infortunio llega a nuestras vidas nos sentimos devastados, solemos preguntar por qué nos ocurre si, a nuestro entender, hemos guardado una conducta correcta y otra serie de reflexiones que, por lo general, buscan encontrar respuestas donde no las hay, además, si no tenemos templanza, podemos llegar a la blasfemia, situación terrible porque nos impide ser inscritos en el Libro de la Vida.

Por ello, ante la falta de recursos económicos, la enfermedad que postra, la muerte de un ser querido, el desempleo, el encarcelamiento, la desesperanza, etc., debemos reforzar nuestra Fe en el Todopoderoso y aceptar que sus caminos son misteriosos.

El ejemplo que nos pone José (el hijo de Jacob), cuando se encuentra con sus hermanos, que años atrás lo habían vendido, es una muestra palpable de lo que un hombre entregado a la causa de Dios puede hacer: superar todo tipo agravios y tener la generosidad suficiente para no vivir resentido.

Citemos el Libro de Génesis 45:4-5, para evocar con precisión la grandeza espiritual de José:

“Entonces dijo José a sus hermanos: Acercaos ahora a mí. Y ellos se acercaron. Y él dijo: Yo soy José vuestro hermano, el que vendisteis para Egipto. Ahora, pues, no os entristezcáis, ni os pese de haberme vendido acá; porque para preservación de vida me envió Dios delante de vosotros”.

Para preservación de vida me envió Dios dice José. Aquí está la clave de todo, cuando somos hombre y mujeres que aceptamos la reprensión de Jehová, tenemos claro que nuestra vida está encomendada a Él, por lo tanto, si algo nos acontece debemos tener claro que el Padre Celestial está con nosotros y que, así como acudimos en auxilio de los hijos, Él, todo misericordia, nos reconfortará en su momento, porque debemos tener claro que sus tiempos son perfectos.

De ese modo lo entendió José por su inmensa Fe, ello le permitió superar sus aflicciones y convertirse en un hombre pleno.

En este contexto, vale la pena reiterar, que si vivimos al abrigo del Altísimo podremos estar: “atribulados en todo, mas no angustiados; en apuros, mas no desesperados; perseguidos, mas no desamparados; derribados, pero no destruidos”.

Hermanas y hermanos, cuando estemos en aprietos debemos redoblar nuestra Fe en el Creador y no caer en el falso sentimiento de que no somos merecedores de lo que nos pasa, esa no es la salida. La auto victimización es provocada por satanás.

Fe, Fe y más Fe, es la respuesta a nuestras desventuras, por ello, hay que tener siempre en mente, lo que ese hombre portentoso que fue San Pablo nos dice en Hebreos 11:1:

“Es, pues, la fe la certeza de lo que se espera, la convicción de lo que no se ve”.

No nos dejemos vencer por el miedo, luchemos con denuedo que Dios está de nuestro lado, la desesperanza es uno de los peores pecados, porque de algún modo, significa negar la misericordia y grandeza del Todopoderoso.

Porque suyo es el reino, y el poder, y la gloria, por todos los siglos…así sea.

Me despido como siempre, sugiriéndoles con respeto, que estudien La Biblia. Gracias.