
CIUDAD DE MÉXICO, 24 de abril (Quadratín México).- Las células troncales, más conocidas como células madre, son una de las grandes promesas de la medicina del siglo XXI.
El eminente investigador alemán Ernst Haeckel fue el primero en utilizar el término ‘Stammzelle’ en 1868, cuando se refería a un organismo primitivo unicelular, a partir del cual derivarían el resto de seres vivos, mucho más complejos y con múltiples células (por eso se conocen como pluricelulares). No sería hasta finales del siglo XIX, sin embargo, cuando el concepto de células madre (derivadas de ‘stem cells’) se empezó a usar de manera rutinaria.Tendrían que pasar sesenta años más hasta que se vieron las primeras evidencias de la existencia de células madre. Gracias al trabajo de los canadienses James Till y Ernest McCulloch, quienes demostraron la presencia de células madre hematopoyéticas, se pudo confirmar todas las hipótesis anteriores. Cincuenta años más tarde, se introduciría la conocida teoría de las células madre del cáncer, de gran importancia en medicina, como veremos.
Podríamos entonces definir las células madre como “aquellas que dan origen a células más especializadas, que forman parte de los tejidos del cuerpo”. La gran ventaja que presentan es que pueden multiplicarse de manera indefinida, algo que se conoce como autorrenovación. Imagínense que quisiéramos producir células del corazón para regenerar el miocardio de una persona afectada. Gracias a las células madre, podríamos hacerlo.
Cada vez que las células se van especializando más y más (o lo que es lo mismo, diferenciándose), pierden capacidad para dar lugar a otros tejidos o a la regeneración de organismos completos. En otras palabras, estamos ante una especie de “camino de no retorno”, en el que las células una vez diferenciadas, no podrían volver atrás. El problema principal residía en que para obtener las células madre de mayor interés, que eran precisamente las de origen embrionario, se requería destruir embriones humanos, por lo que se daban evidentes conflictos morales y éticos.
Sin embargo, un descubrimiento en 2006 por parte del grupo de investigación del Dr. Shinya Yamanaka, permitió ver cómo células totalmente especializadas podrían volver al estado de células pluripotentes, en caso de que consiguieran expresar determinados genes clave. Este hito fue galardonado con el Premio Nobel de Medicina en 2012, y supuso un paso importante en la medicina regenerativa.
Las células madre de cordón umbilical ya son una realidad en la práctica clínica, para la realización de trasplantes en enfermedades como la anemia de Fanconi. Se utilizan en regeneración cardíaca y vascular, ya que podemos inducir que células madre se diferencian en células de tejido cardíaco o en los “ladrillos” que forman parte de nuestros vasos sanguíneos.
En el tratamiento del cáncer, las células madre también juegan un papel importante. En estos casos, lo que se realizan son aplicaciones de la quimioterapia y la radioterapia, para así tratar de eliminar de forma completa las células tumorales. A continuación, se administran células madre para que sustituyan a las anteriores, a modo de “injerto”. Este tipo de tratamientos se realiza en enfermedades como las leucemias, el mieloma múltiple y algunos linfomas.
Dos de las aplicaciones más novedosas son, en primer lugar, esta semana científicos de la Universidad de Wisconsin-Madison publicaban un trabajo en Nature Biotechnology, donde comentaban el trasplante de células madre en el hipocampo cerebral dañado de ratones, de forma que eran capaces de “curar” esta lesión.
Un paso más en la investigación con células madre, que sigue abriendo nuevas puertas al desarrollo de la medicina aplicada. Sin embargo, como hemos comentado varias veces, es importante tomar los éxitos del trabajo con células madre con cautela, para no dar falsas esperanzas a los pacientes.
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