
CIUDAD DE MÉXICO, 17 de abril (Al Momento Noticias).- García Márquez: historia de un deicidio es un ensayo del escritor peruano y Premio Nobel de Literatura Mario Vargas Llosa publicado en el año 1971 es un estudio sobre la obra de García Márquez.
Historia de un deicidio, que había sido su tesis doctoral en la Universidad Complutense de Madrid, fue posteriormente publicada como un libro. De este libro se habla mucho menos que de los demás de Mario Vargas Llosa, y quizá cause muchas dudas en los eruditos el exceso de detalle en el análisis del trabajo garciamarquiano, seguramente con la intención de ser el libro definitivo acerca del escritor colombiano, pero a pesar de los desaciertos que pueda tener, es una obra obligatoria para quienes quieran aprender de la técnica literaria y de la literatura misma, incluida su historia.
Este trabajo fue la tesis doctoral que le sirvió al autor para obtener el título de Doctor en la Universidad Complutense de Madrid, donde fue presentado con el título García Márquez: lengua y estructura de su obra narrativa, obteniendo la calificación de sobresaliente cum laude tras su presentación el 25 de junio de 1971.
Se trata de un análisis en profundidad de la obra de García Márquez, desde sus primeros cuentos hasta Cien años de soledad. El título original se cambió al publicar el ensayo por el más sugerente de Historia de un deicidio. Deicidio (del latín deicīda) hace referencia al acto de matar a Dios o una divinidad.
A lo largo del ensayo Vargas Llosa relaciona diferentes hechos ocurridos en la vida de García Márquez con su obra narrativa y desarrolla una teoría, según la cual el creador literario se rebela contra la realidad e intenta sustituirla por la ficción que él mismo fabrica, suplantando en cierto sentido el poder de Dios.
Este es un fragmento en donde se narra el marco en que se dio la creación de dos de las grandes obras de ambos escritores, “El Coronel no tiene quien le escriba” y “La ciudad y los perros”.
“Días antes de la Navidad de 1955, García Márquez, recién llegado a París, contó a Plinio, mientras tomaban una cerveza en «La Chope Parisiènne» de la rue des Écoles, que había decidido escribir ‘el cuento de los pasquines’, un relato sobre un episodio sucedido en Sucre, el remoto pueblecito fluvial del departamento de Bolívar donde había pasado temporadas de niño.
El episodio, mencionado con cierta exageración en «La mala hora», era el siguiente: un día habían comenzado a aparecer pasquines anónimos en las paredes del lugar, y estas delaciones o calumnias sin firma habían provocado toda clase de conflictos y dramas, incluso hechos de sangre, al extremo que muchos vecinos se marcharon del pueblo (entre ellos, la familia de Mercedes). La primera noche de trabajo en el «Hotel de Flandre», escribió diez cuartillas; comprendió entonces que la historia jamás cabría en un cuento y decidió hacer una novela. Los primeros meses de 1956 trabajó sistemáticamente en el manuscrito de esa ficción, que sería «La Mala Hora».
Escribía siempre de noche, en su vieja máquina portátil de corresponsal, cuyas teclas se fueron deteriorando. Un día la máquina se plantó del todo y el mecánico que la compuso exclamó apenado, al verla: «Elle est fatiguée, monsieur!».
La historia de los pasquines seguía creciendo, ramificándose en historias que muchas veces se apartaban del asunto central. Uno de los personajes, sobre todo, concebido originalmente como una figura menor, comenzó a cobrar una personalidad vigorosa y su situación a perfilarse como un episodio autónomo: un viejo coronel, veterano de la guerra civil, que espera eternamente una jubilación, que soporta la miseria con dignidad y que ha heredado un gallo de lidia de su hijo asesinado. ‘La historia del coronel y su gallo se me sale de la novela’, le confesó García Márquez a Plinio. El origen de esta historia era una imagen: en Barranquilla, García Márquez había visto algunas veces, frente al mercado de pescados, a un hombre apoyado en una baranda, en actitud de espera.
Esta figura enigmática le sugirió un personaje: un anciano que espera algo, inacabablemente. Luego, de una manera natural, esa imagen vino a calzar en un viejo recuerdo de infancia: la figura del abuelo. El anciano que espera sería un coronel, sobreviviente de la guerra civil, que aguarda su reconocimiento de servicios. El motivo del gallo de lidia está también íntimamente ligado a su tierra natal: en la costa atlántica de Colombia, como en toda la región del Caribe, las peleas de gallos son un deporte popular. La ‘primera ola de violencia’ en Colombia, luego del ‘bogotazo’, le suministraría el clima de represión y de sordos odios políticos donde estaría situada la historia del gallo y del coronel. Una fuente más se sumaría a las anteriores: las hambrunas que el propio García Márquez había comenzado a pasar en París, agotado ya el dinero del pasaje. Cada día bajaba a esperar el correo, con la esperanza de recibir una buena noticia: el viejo coronel del relato visitaría con la misma puntualidad y angustia la oficina de correos. Cada vez más absorbido por el personaje del coronel y su gallo, García Márquez decidió separar esta historia de la novela de los pasquines y, a mediados de 1956, anudó el manuscrito de la novela con una corbata de colores y lo guardó en una maleta, para concentrarse en el relato.
Trabajando con el mismo ímpetu, hizo y rehizo once borradores de «El coronel no tiene quien le escriba», hasta dejarlo definitivamente concluido en enero de 1957. Había escrito una pequeña obra maestra pero no sólo no lo sabía, sino que experimentaba la misma sensación de fracaso que al terminar «La Hojarasca». Guardó el manuscrito del relato y retornó a la novela de los pasquines.
Las dificultades materiales eran cada día peores y, desde entonces hasta su regreso a América Latina, llevaría la vida difícil, aventurera y pintoresca de muchos sudamericanos varados en París. En un reportaje concedido en Francia, en 1968, García Márquez evocó así sus años de miseria parisina: «No podía trabajar porque necesitaba una carta de trabajo, no conocía a nadie que me pudiera dar trabajo, no hablaba francés. A veces conseguía botellas vacías y las cambiaba, a veces hacía ‘el ramassage de journaux’ y con esto defendía mi vida. Estuve tres años viviendo de milagros cotidianos. Esto me produjo unas amarguras tremendas. Yo estaba en un grupo de latinoamericanos en la misma situación. Habíamos descubierto que si uno 47compraba un bistek el carnicero regalaba un hueso y se hacía un caldo. A veces uno pedía prestado el hueso para hacer su caldo y lo devolvía. A mí me parecía que los carniceros, los panaderos, los camareros eran muy groseros.
Ahora los encuentro muy amables. Pienso que entonces compraba un bistek para pedir el hueso y ahora compro un kilo de carne. No puedo saber si la diferencia reside en eso o si los franceses realmente han cambiado. En aquella época yo vivía en un hotel de la rue Cujas que se llamaba Hotel de Flandre. Los administradores se llamaban M. y Mme. Lacroix. Cuando me quedé sin un centavo, les hablé y les dije que no podía pagarles y me dejaron irme a la buhardilla.
Pensaba que esa situación iba a durar uno o dos meses, pero me quedé un año y no tuve nunca con qué pagarles. Al año les pagué 120.000 francos antiguos que para nosotros era una suma enorme. Ahora, lo primero que hice al llegar a París fue preguntar por los señores Lacroix en el Hotel de Flandre. Me dijeron que no sabían donde se habían ido. La semana pasada pasó por aquí Mario Vargas que se hospedó en el Hotel Wetter y cuando entré en ese hotel me encontré con que los administradores eran los mismos señores Lacroix. Y lo formidable es que Mario se encontró en una situación idéntica en 1960 y le dijeron lo mismo, que subiera a la buhardilla, y él también se quedó mucho tiempo sin poder pagar. Gracias a eso yo escribí «El coronel no tiene quien le escriba» y Mario escribió «La ciudad y los perros». París no ha cambiado, soy yo quien ha cambiado”.
AMN.MX/fm
