Futbol, política y mediocridad

Futbol, política y mediocridad

 

Antes de entrar en la materia de esta entrega, debo hacer unas precisiones. Desde niño me gusta el futbol soccer. Como la mayoría de los de mi generación, lo jugaba en las calles del barrio donde crecí y todos los fines de semana veía al lado de mi padre o mis tíos los partidos de los equipos que seguíamos.

Con el tiempo me interesé en otras actividades, en otros deportes incluso, pero conservé mi afición pambolera más o menos activa, hasta que la mediocridad de la liga nacional y sus soporíferos torneos me alejó casi por completo de la asistencia a un estadio y de las transmisiones por televisión, salvo torneos internacionales como los mundiales o las copas europeas, donde hasta la fecha se pueden disfrutar juegos de gran calidad, mismos que cuando puedo veo, sin que eso me cause vergüenza alguna.

Así que no odio el futbol soccer ni pienso que sea una maléfica creación de los poderes fácticos para manipular per se a los mexicanos. Es como cualquier otro deporte, que en los países con mayor desarrollo económico y social del mundo, como los escandinavos, es muy popular, sin que nadie se sienta agraviado por ello.

Me queda claro que el orgullo y la soberanía nacional no están en juego cada vez que la selección mexicana de futbol disputa un encuentro, que como en cualquier otro deporte, puede perder o ganar.

Pero también creo que en México se le sobrevalora por encima de disciplinas que le han dado mucho mayor lustre y victorias al país a lo largo de los años, como la caminata, el tae kwan do o el beisbol.

Sé que existen intereses económicos y facciosos muy fuertes y poderosos detrás de la industria del balompié nacional, que ante la inmensa popularidad de que goza en todos los sectores sociales, aprovechan para hacer descomunales negocios con la venta de publicidad, derechos de transmisión, transacción de jugadores y contratos de exclusividad. Pero incluso esto podría ser admisible.

Lo que resulta una verdadera mentada de madre es que en aras de “congraciarse” con “el pueblo”, los políticos, las autoridades, que cobran un sueldo producto de los impuestos que pagamos los ciudadanos (y que nos acaban de incrementar), desatiendan sus responsabilidades y con un cinismo patético presuman que prefieren ver el fut y al Tri, que ponerse a trabajar.

Pongo dos ejemplos, ambos del partido entre México y la “poderosísima” escuadra de Nueva Zelanda, ambos buscando calificar de panzaso al mundial de Brasil. En su cuenta de Twitter, el senador panista poblano Javier Lozano, conocido por ser un profesional de la provocación, escribió lo siguiente: “a quienes me escriben en estos momentos, con amargura, diciendo ‹ponte a trabajar que para eso te pagamos› les digo NO. Estoy viendo el fut”.

Y la cereza del pastel la puso el presidente Enrique Peña Nieto, festinando en su cuenta de Twitter el triunfo ante un equipo mucho más anodino que la selección mexicana (lo cual ya es decir), y utilizando al equipo de Comunicación Social de la Presidencia (o sea, a un recurso que se paga con dinero público) para difundir una fotografía en la que se le ve a él, a su esposa y a seis colaboradores festejar un gol, con un júbilo que haría pensar que se derrotaba a Alemania en una final de copa del mundo.

Todo esto, mientras en el Congreso siguen sin aprobar leyes como la que regulará la publicidad oficial en los medios de comunicación. Mientras las ciudades de Coatzacoalcos y Minatitlán están bajo el agua. Mientras en el puerto jarocho y en Matamoros hay ejecuciones todos los días. Mientras la economía del país se va a pique.
Lo que es un hecho, es que esto retrata a la perfección el nivel de la clase política de nuestro país: es tan mediocre como la selección nacional. Sólo que a la primera le pagamos todos los mexicanos.

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