Juventud en el abismo

Juventud en el abismo

 

Todo surge por el deseo de sentirse alguien, algo. Todo resulta por el deseo de ser. La magnífica cuestión shakesperiana sigue estableciendo territorios de duda; ser o no ser; mejor dejar de ser.

No se conocen parámetros, no sabe uno qué medidas utilizar para hacer comparaciones. La juventud se encamina hacia un derrotero de autodestrucción y la sociedad, indolente, sorprendida, aterrada, los mira ser y no ser; se cruzan de brazos y se dejan arrastrar por la indiferencia.

Alejandro se droga desde los trece años, él dice que puede dejar la “soda” cuando quiera. “Yo no soy un vicioso”, señala mientras escucha en su iPhone música de Dangerous. Viste de pantalones oscuros, zapatos negros con calcetas blancas, se peina como Michael Jackson, quisiera ser él, pero la verdad no tiene ni los rasgos ni el talento, acaso únicamente el entusiasmo, la obstinación. Luego de escucharlo veinte minutos hablar de lo mismo, harta. Cuando busca uno preguntar cosas de su vida, erige barreras, cortinas de humo. Su infancia, muy cercana aún, es para él un pasado tan remoto que habla de ella como un anciano lo haría de su adolescencia. No quiere hablar de su familia. Un día le pregunté por su padre, me atreví a preguntar si lo habían abusado, me dijo que no quería hablar de eso. Cerró los ojos y apretó los labios, sólo los aflojó para repetir: “No quiero hablar de eso”. Como remedio para cambiar de tema me pregunta si conozco el nombre de un demonio que un brujo le enseñó a invocar, le digo que no. Me muestra una medalla que tiene. Es la estrella de David, pero cuando la mueve se convierte en un símbolo satánico. “¿Por qué andas en esos rollos?”, le pregunto intrigado. Dice haber vivido tres años en la calle, dice que dejó su casa y en la calle aprendió a sobrevivir, a ser hombre. Ahí encontró otra manera de ver la vida, con los ojos del resentimiento. Un brujo le enseño todo lo que de satanismo conoce, le dio marihuana y polvo, a veces pastas; nada gratis por cierto, todo se lo cobraron a precio muy alto.

Hoy es dealer, viste ropa vistosa que se puede conseguir en los bazares del centro. Nada de calidad. Es amigo de todos en el antro. Ese día me mostró dos celulares. Le dije que me parecía un exceso. Ufano, irresponsable, me contestó en voz alta que uno era para sus llamadas personales y el otro para los pedidos de coca que le hacían.

Es carne de cañón, es peón de esos que van por delante para cubrir la retaguardia de los verdaderos traficantes; de esos que tarde o temprano aparecen retratados, muertos, en las notas rojas de los periódicos, o quizás, con más suerte, con los sobres de coca en algún ministerio público.

Da lástima verlo, tan joven, apenas diecisiete años, tan perdedor, tan necio. “¿No quisieras conseguir un buen trabajo establecido y dejar esto?”, le pregunta mi amigo, quien sostiene la grabadora. No. Le gusta ser como es. Un poco estrafalario, un mucho irresponsable, inconsciente. Le gusta el vértigo, se ha aficionado a él. Con el dinero que le pagan se ha comprado muchas cosas. Últimamente viste elegante y el gesto de niño desamparado le ha cambiado por el de una persona altiva. Piensa que está en la cima y que puede caer en cualquier momento, por eso debe de estar alerta. No se ha dado cuenta que está próximo a tocar fondo.

Apenas me despido de él me da la sensación de que nunca más lo volveré a ver. Me siento como si saliera de un hospital después de ver a una persona que agoniza. Cuando nos despedimos reparamos en que olvidamos tomarle fotos.

Valientes periodistas. “De todos modos no se hubiera dejado retratar”, me dice mi compañero, que ya me está empezando a fastidiar con el humo de su cigarro. Entonces decidimos que las entrevistas no van a llevar fotos. No tiene caso, son tan anónimos y conviene que sigan siéndolo.

Armando Ortiz Esta dirección de correo electrónico está siendo protegida contra los robots de spam. Necesita tener JavaScript habilitado para poder verlo.

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