Mi lucha es con los maestros

Mi lucha es con los maestros

 

A mis hermanos maestros:
Leonor, Juana, Luis y Rubén.


“El maestro debe ser un artista, debe estar ardientemente enamorado de su labor, y en nuestro país el maestro es un paria, un hombre mal instruido que va al campo a enseñar a los niños con la misma ilusión con la que iría al destierro. Pasa hambre, se le maltrata, está asustado ante la posibilidad de perder su trozo de pan (…) Es absurdo pagarle una miseria a la persona que está llamada a educar al pueblo –¿me entiende?–, ¡Educar al Pueblo! No se puede permitir que ese hombre ande en harapos, que tiemble de frío en las escuelas húmedas y desvencijadas, que se ahogue, se constipe, que a los 30 años se haya ganado una laringitis, un reumatismo, una tuberculosis… ¡Esto nos avergüenza! Nuestro maestro, ocho, nueve, diez meses al año vive como un ermitaño, no hay nadie que le diga una palabra, se embrutece en la soledad, sin libros, sin distracciones”.

Esto que acaba de leer y que quizá le parezca una descripción contemporánea de lo que es un maestro rural, no lo es tal. Este texto es de Anton Chéjov, escritor ruso que fue un gran crítico de la estulticia, de la estupidez humana. Lo escribió hace más de cien años, lo escribió cuando vivía en un estado feudal, como la Rusia de los zares. Chéjov se preocupaba por la educación de su país y sabía lo que significaba dar mejores condiciones de trabajo a los maestros. Hace más de cien años ya lamentaba la situación en que laboraban los maestros rurales.

Esa misma situación, cien años después, en un país supuestamente democrático, es la que viven los maestros rurales de México, pero no sólo los maestros rurales, muchos maestros que laboran en centros urbanos también padecen de ese ostracismo laboral.

La famosa reforma educativa que se aprobó en la Cámara de Diputados y que justo ahora, mientras escribo, a las 10:40 del martes 3 de septiembre, se discute en el Senado, no busca mejorar las condiciones laborales de los maestros, no busca mejorar las políticas educativas, antes bien, busca restarle triunfos a los maestros, eliminar garantías, degradar puestos, eufemizar infamias.

Porque he dado seguimiento a las discusiones de nuestros representantes diputados y senadores, porque me he hartado de su verborrea barata, de sus discursos cansados, de sus frases gastadas; porque no he escuchado argumentos válidos que muestren que la reforma habrá de beneficiar a los educandos, porque me he dado cuenta que las conciencias priistas vienen en bloque, porque detesto a los traidores, a los que perciben un alto sueldo sólo para burlarse de los que llevan la razón; porque no aguanto la arrogancia de Manlio Fabio Beltrones, ni los desplantes de Emilio Gamboa Patrón, ni la petulancia de la “niña” Gómez del Campo; porque mis hermanos son maestros y a veces cuando cae la tormenta tienen que dar clases en el lodo, porque si se accidentan camino a su trabajo, como la semana pasada le sucedió a mi hermana, eso no le importa a su líder sindical o a su patrón en la Secretaría de Educación; porque no tengo miedo a pensar, porque me enseñaron a defender las causas justas, por eso, sólo por eso, estoy dispuesto a apoyar a los maestros en su lucha.

Precisamente, un instrumento del gobierno, responsable de buena parte de la mala educación en este país, como es la televisión, se ha dedicado a satanizar a los maestros, a llamarlos revoltosos, anarquistas, flojos, sucios, nacos. Ese mismo instrumento del poder, la televisión, fue quien nos vendió a Salinas como el gran estadista que habría de conducirnos al primer mundo, es el mismo instrumento que nos vendió a Fox, el imbécil de Fox, como a un patriota, como a un hombre del cambio. Ese mismo instrumento permitió que Calderón llegara al poder para que regara las calles de este país con sangre.

Ahora se yerguen muy ufanos, como si no tuvieran culpa y califican y descalifican a los maestros, como si su programación de telenovelas, de comedias, de noticias y análisis, no fuera la causa del embrutecimiento de millones de mexicanos que no tienen otra opción en la noche que ver a López Dóriga o a Javier Alatorre. Ellos son los que deberían ser evaluados en sus contenidos; porque son los maestros los que tienen lidiar con los vicios de conducta que adquiere una juventud mediatizada, idiotizada, televisada.

Por eso estoy con los maestros, porque como Chéjov también creo que el maestro debería de ser un artista, debería de ser “el primer hombre de la aldea, que supiera responder a todas las preguntas del campesino, que los campesinos reconocieran en él una fuerza digna de atención y respeto, que nadie se atreviera a gritarle… a humillarlo, como lo hacen todos”.

Sigan pues en su lucha maestros, no se detengan hasta lograr el triunfo; y aquellos que todavía no se deciden porque tienen miedo de sus líderes, sepan que ellos se han enriquecido con sus cuotas, por eso dan fastuosas fiestas en sus ranchos de Misantla y generosamente han otorgado dobles plazas a sus esposas y a sus amantes, y a sus hijos y los hijos de sus amantes. Si ustedes no luchan esos líderes seguirán engordando gracias a su sumisión.

Como Anton Chéjov entiendo que “sin una formación amplia del pueblo el estado se desmoronará como una casa levantada con ladrillos mal cocidos”. Pobre de este país que con sus reformas quiere encontrar ese destino.

Armando Ortiz Esta dirección de correo electrónico está siendo protegida contra los robots de spam. Necesita tener JavaScript habilitado para poder verlo.

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