“Y nosotros, los poetas, caemos al abismo
porque no podemos emprender
el vuelo hacia arriba rectamente,
sólo podemos extraviarnos”.
Muerte en Venecia Thomas Mann
Creación y pasión no pueden estar separadas. Juntas conviven, se retroalimentan, discuten, interactúan; son cómplices. La pasión es creación del deseo; se anima la pasión y crea, cree, crece, inventa. Esto se puede comprobar en la obra del artista. Los poetas, dice Thomas Mann, “no pueden andar el camino de la belleza sin que Eros los acompañe y les sirva de guía”. Su ensalzamiento es la pasión, sus ansias están en el amor. “Tal es nuestra gloría y tal es nuestra vergüenza”, sentenciaba el autor de Muerte en Venecia.
Dejarse llevar por la pasión de manera desenfrenada puede traer terribles consecuencias. Sabemos de ellos, de esos que se dejaron llevar por la pasión; sabemos de los que terminaron en la miseria, alcohólicos y solitarios; sabemos de los que por la pasión acabaron en un hospital psiquiátrico, sabemos de los que optaron por quitarse la vida. Sabemos de ellos y sin embargo, no aprendemos. Porque la pasión es inherente del artista y es un elemento del arte que difícilmente se puede dominar; antes bien la pasión es la que domina. La pasión es deseo consumado, dolor que no termina, que se prolonga como no lo hace el placer. Y es que, qué poco dura el placer, lo notamos sobre todo cuando eso, que tanto deleite nos provocó, acaba. Nada nos deja satisfechos, somos animales de rapiña que después del banquete seguimos lamiéndonos los recuerdos, saboreando la sangre que quedó en nuestras manos, masturbándonos en las noches con la intensidad del sexo que llegó después de meses de abstinencia.
No logramos resignarnos, porque hicimos que la vida girara alrededor de nuestra satisfacción. Libertinos necesitamos del ser amado para vivir condenados, para depender, para sentirnos esclavos, al tiempo que nos convertimos en víctima. Por eso, cuanto más intenso el placer, las heridas que deja la pasión tardan más en sanar.
La pasión es placer en el sufrimiento y sufrimiento en el placer. No poseer la pasión nos vuelve estériles, poseerla nos vuelve sujetos de riesgo.
Cuando joven, el psiquiatra me sentenció cuando dijo que yo era una persona hipersensible. No sabía lo que significaba eso. Dentro de mi depresión entendí que debía ser como un cáncer del alma. Rápido le pregunté cómo se curaba eso. Él dijo que tendría que aprender a convivir con ello por el resto de mis días. Me devastó.
Conforme ha pasado el tiempo, entendí que esa hipersensibilidad podía dejar de ser un defecto y podía, de querer, convertirlo en una virtud. Lo sigo intentando. La hipersensibilidad he procurado transmutarla en pasión. Pero ésta toma sus propias decisiones, siempre me lleva la delantera, actúa y me vuelve cómplice, en el peor de los casos, víctima.
La experiencia es muda cuando uno está dominado por la pasión. Sabemos que dar el siguiente paso nos pondría en el filo del vacío y sin embargo seguimos avanzando. Nos asomamos, vemos la caída y a pesar del temor nos mantenemos en el mismo lugar, imprudentes, temerarios, insolentes, irrazonables, estúpidos. ¿Por qué si todos ven el inminente desastre, uno es ciego ante él?
Que a nadie se culpe por nuestros actos. Somos poseedores de un libre albedrío que nos vuelve responsables y dueños de nuestra obra. Somos devotos del vértigo y de la sensación que el riesgo acarrea.
Amaremos, dejaremos que nos amen; sufriremos y dejaremos que el sufrimiento nos habite. Crearemos con la pasión, ya que sin ella, de todos modos estaríamos como muertos.
Armando Ortiz Esta dirección de correo electrónico está siendo protegida contra los robots de spam. Necesita tener JavaScript habilitado para poder verlo.
