Suave patria, déjame creer en ti

Suave patria, déjame creer en ti


Yo crecí con “El Brindis del Bohemio”, con “El seminarista de los ojos negros”, con “Por qué me quite del vicio”, pero también con el credo de Ricardo López Méndez, “México creo en ti” y sobre todo con “La suave patria” de Ramón López Velarde, todo entonado en la magnífica voz de don Manuel Bernal.

Con la Suave patria, que repetía y repetía en mi acetato de 33 revoluciones, tratando de aprenderla de memoria, cosa jamás lograda, fui forjando la idea de un México ideal, cálido y sonoro; verde, pintoresco, con olor a pan pero sobre todo heroico. Me moría por visitar esos lugares de los que hablaba el poeta joven López Velarde. Por eso, cuando viajaba en los autobuses de segunda, iba con los ojos pegados al cristal para poder así contemplar esa patria que se distendía en sus valles, en sus montañas, en sus ríos que todavía se podían mirar claros, en sus sembradíos que iban del café al maíz, de la piña al mango, de la papaya al tamarindo y también a la guanábana.

Esa patria que me mojaba los pies con sus olas en el mar y me cubría de calor en sus dunas para refrescarme después en sus pozas. Esa patria de mujeres chapeadas que vendían alegres sus enchiladas, sus garnachas y su agua de horchata, pura de arroz sin marcas trasnacionales.

Esa patria de ancianos buenos que se sentaban conmigo por la noche, al amparo de un quinqué de petróleo, a contarme sus historias que me llenaban la cabeza de imágenes gloriosas, trágicas y divertidas.

Yo crecí con la Suave patria cuya “superficie es el maíz, tus minas son el palacio del Rey de Oros, y tu cielo, las garzas en desliz y el relámpago verde de los loros”. Esa Suave patria de la que dice el poeta: “El Niño Dios te escrituró un establo, y los veneros del petróleo el diablo”.

Yo crecí con esa suave patria pero un día me quedé dormido y al despertar las cosas habían cambiado.

Entonces los hombres ya no eran sinceros, la deshonestidad se volvió un vicio y los seres que habitaban esta suave patria se fueron convirtiendo en aficionados de sus apetitos.

La superficie de mi patria ya no era de maíz y las minas del palacio del Rey de Oros habían sido saqueadas. El establo que el niño Dios nos escriturara se convirtió en una pocilga donde los ladrones se reúnen para dictar leyes que les sirvan de provecho, para exculpar a los corruptos, para dar fuero a los asesinos. Los veneros de petróleo que nos concesionara el diablo fueron puestos a la venta por mercaderes cuyas hijas pasean a sus mascotas en alas de oro.

Esas mujeres que orgulloso señalaba el poeta, valían por sus virtudes (“tú vales por el río de las virtudes de tu mujerío”) hoy se rinden a la mirada de un candidato frívolo cuya hija las considera “prole pendeja”, pero sin embargo se acercan a él, como si de un ser divino se tratara.

¿Qué pasó contigo patria mía? ¿Qué hicieron los hombres mientras me quedé dormido? ¿Cómo es que llenaron tus ríos con sangre? ¿Cómo es que en lugar de maíz sembraron balas? ¿Cómo es que dejaste que tus hijos te repudiaran patria mía? ¿Por qué dejaste que te gobernaran los imbéciles con apellido de zorro, los estultos ebrios que cocieron tu dignidad en un calderón del tamaño de sus vicios?

Quiero creer que tienes remedio, patria. Pero tus hombres no hacen otra cosa que mirarse en el espejo de su jodidez, en el canal de las estrellas que no hacen surcos en el cielo, sino en el fango. Quiero creer que tienes remedio, patria. Pero tus hijos se asustan cuando escuchan que les han de quitar el pan y el techo de sus casas, mas no saben que hace mucho rato que viven a la intemperie.

Quiero creer en ti, como el poeta que en un sólo credo exaltó tus carencias y tus miserias haciéndolas parecer virtudes, haciéndolas parecer un canto mañanero.

“México creo en ti. Como en el vértice de un juramento –señala el poeta Ricardo López Méndez-. Tú hueles a tragedia, tierra mía, y sin embargo, ríes demasiado, acaso porque sabes que la risa es la envoltura de un dolor callado”.

“Patria –decía López Velarde-, te doy de tu dicha la clave: sé siempre igual, fiel a tu espejo diario”. Eso decía el poeta porque te contemplaba digna y fabulosa. Pero hoy patria, que cargas en tus lomos las miserias nuestras, yo te pido que cambies, que busques otro rostro.

Yo crecí con la suave patria mía, caminé por sus caminos cubiertos de pasto, contemplé sus toros sumergiéndose en la bruma y envidié el vuelo de sus pájaros.

Yo crecí con la suave patria mía, recorrí sus calles adosadas, admiré sus mujeres noche y día, me dormí y hoy no encuentro nada.

Armando Ortiz Esta dirección de correo electrónico está siendo protegida contra los robots de spam. Necesita tener JavaScript habilitado para poder verlo.

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