“Cualquier día que me dé miedo,
yo, por mi parte, confiaré aun en ti”.
Salmo 56: 3
No es tan malo el miedo. De acuerdo con el diccionario de la RAE el miedo es una: “Perturbación angustiosa del ánimo por un riesgo o daño real o imaginario”. Justo lo que le decía el Caballero de la Mancha a su escudero Sancho: “El miedo que tienes, dijo Don Quijote, te hace, Sancho, que ni veas ni oigas a derechas, porque uno de los efectos del miedo es turbar los sentidos, y hacer que las cosas no parezcan lo que son”.
Para los animales el miedo es vital, es parte de su instinto, éste los protege, los preserva. Incluso cuando vemos que un animal responde con fiereza, esa fiereza no es otra cosa que su miedo, miedo a sufrir algún daño.
Desde chicos nos han enseñado a convivir con el miedo. Los adultos no dejaban que nos acercáramos a la estufa porque nos podíamos quemar con algún sartén lleno de aceite hirviendo; de pequeños, en la calle, la madre nos tomaba de la mano y nos decía que si soltábamos esa mano nos íbamos a perder y por miedo nos aferrábamos a ella como a nuestra propia vida; en las vacaciones no nos íbamos hacia lo hondo de la poza porque nos daba miedo morir ahogados; en los edificios altos no nos asomábamos al vacío porque nos daba miedo la caída y hacíamos bien. El miedo nos preserva, nos obliga a ser precavidos; gracias al miedo hemos evitado sufrir daños, gracias al miedo gozamos de cierta tranquilidad.
Cierto es que muchas veces somos ajenos a las causas del miedo. Una tormenta eléctrica está fuera de nuestro control, no podemos hacer nada para evitarla, pero si podemos tomar nuestras precauciones para que no nos cause daño. Dice la Escritura: “Sagaz es el que ha visto la calamidad y procede a ocultarse, pero los inexpertos han pasado adelante y tienen que sufrir la pena”.
Sin embargo, lo que no es bueno es vivir dominados por el miedo. El miedo en un grado excesivo puede anular nuestras facultades de raciocinio, incluso puede obligarnos a cometer un delito. El miedo excesivo nos encierra en nosotros mismos, nos vuelve inseguros, nos nulifica y eso es como morir en vida.
Hoy día las condiciones que se viven en nuestro país son condiciones que nos obligan a reflexionar sobre el miedo. Como nunca antes la sociedad se ha visto sumida en la inseguridad, en una vorágine de excesos y de ambiciones en el que las clases enfrentadas viven con miedo a perder sus privilegios, miedo a ser descubiertos en sus malos manejos financieros o en sus actos delictivos. Ese miedo los obliga a agredir, prefieren eso a ser agredidos. Lo que no saben es que todos estamos sumidos en ese círculo vicioso.
La sociedad ha perdido la armonía del bien y se vive en la discordia del mal. Ellos van a seguir agrediendo porque quieren defender el territorio ganado y los otros quieren recuperarlo y en medio de ellos estamos nosotros; la gran mayoría sin tener nada que ver en el asunto. Estamos en medio de una tormenta eléctrica, pero las precauciones que estamos tomando no han sido del todo suficientes. Todavía, como si nos hiciera falta, algunos políticos andan haciendo su campaña de miedo.
Ya no podemos aferrarnos a la mano de nuestra madre para que nos brinde protección; lo único que nos queda es la autoridad. Pero hemos perdido confianza en las autoridades y por ello preferimos quedarnos en casa, guardando silencio al menos hasta que pase esta tormenta; pero la tormenta no pasa, antes bien arrecia.
Me preguntaba una persona de la tercera edad, ¿cómo es que llegamos a esta situación?, ¿qué es lo que se rompió?, ¿algún día recuperaremos la paz y la tranquilidad? ¿Quién tiene la respuesta?
Algo malo flota en el ambiente, la Escritura también lo predijo, “en los últimos días se enfriará el amor de la mayor parte”. La ambición de unos pocos ha echado a perder este mundo y lo único que podemos esperar es un Diluvio.
Creo que a estas alturas de las cosas ya debemos dejar de buscar responsables. No queremos saber quién es el bueno o quién es el malo. Lo que queremos saber es cómo vamos a salir de este agujero negro que día con día se va sumiendo y nosotros con él. Es necesario que cada uno de nosotros reflexionemos sobre qué estamos haciendo para que las condiciones en este país empeoren; reflexionar sobre qué podemos hacer para recuperar la armonía y sobre todo la paz.
Tal vez suene un tanto utópico pero podemos empezar por brindar un saludo cordial a nuestro vecino, una sonrisa amable a nuestros compañeros de trabajo, un gesto amistoso a aquellos que nos consideran sus contrincantes.
¿No sé qué debamos hacer?, sería bastante presuntuoso de mi parte decir que tengo la respuesta. Pero si de algo estoy seguro es que lo más grave sería no hacer nada.
Entonces el miedo lo dominaría todo, se erguiría como rey de nuestra cotidianeidad, fundaría imperios en nuestros corazones; se levantarían templos para su adoración, a donde llevaríamos a nuestros hijos y los brindaríamos en sacrificio.
Nadie quiere eso y sin embargo estamos haciendo muy poco para evitarlo.
Armando Ortiz Esta dirección de correo electrónico está siendo protegida contra los robots de spam. Necesita tener JavaScript habilitado para poder verlo.
