En 1516 Tomás Moro crea una comunidad ideal donde los hombres buscan beneficios comunes, donde se vive en armonía, donde los hombres trabajan en el campo un año y al año siguiente en la ciudad; donde todas las casa son iguales y no se permite la acumulación de las riquezas. Una ciudad donde existe un gobernante justo que cuando deja de serlo puede ser depuesto e incluso condenado a muerte si se vuelve tirano. En 1516 Tomás Moro crea una ciudad ficticia llamada Utopía que quiere decir “no hay tal lugar”.
“Hasta las últimas consecuencias” es una frase que se ha ido desgastando; es un decir de alguien que, al parecer, está dispuesto a todo por alcanzar una meta, por lograr un objetivo, por conseguir su preciado tesoro. Pero desafortunadamente en nuestros días, pocos, muy pocos están dispuestos a llegar hasta las últimas consecuencias; sólo algunos alcanzan ese lugar.
Y yo me pregunto si en realidad es un lugar. “Hasta” es una preposición que significa el término de un tiempo, lugar o acciones: “Hasta aquí llego”, “Hasta las 2 de la tarde”, “Hasta que me sienta agotado”. “Hasta las últimas consecuencias” puede abarcar las tres. En el caso de “las últimas consecuencias” bien puede ser un lugar, un sitio al que llegan los hombres, un territorio donde se hace justicia, donde se le da a cado un lo que merece.
Pero en nuestra democracia “hasta las últimas consecuencias” es una utopía; en nuestras formas de gobierno, donde la justicia tiene un precio, tiene limitantes, tiene abogados y encubridores, “hasta las últimas consecuencias” es una frase trillada, un lugar común, un recurso lingüístico nada efectivo para salir del paso.
Esta frase se dijo para asegurar que en el caso de la muerte de Regina Martínez se iba a hacer hasta lo imposible por encontrar a los asesinos. Pero lo mismo se dijo cuando murió Milo Vela y lo mismo cuando asesinaron a Yolanda Ordaz. El caso es que hasta el momento no se ha llegado a ese lugar.
Quiero creer que existe la voluntad de nuestras autoridades para que estos crímenes se esclarezcan; ya se ve que no conviene a nadie que Veracruz esté en boca de todos y que se considere a nuestro estado, “rinconcito donde hacen su nido las olas del mar”, el lugar más peligroso para ejercer el trabajo periodístico.
Sin embargo no creo que sea tan fácil llegar “hasta las últimas consecuencias”. A veces no está en uno llegar a ese lugar. Hay muchos obstáculos que a veces se vuelven insalvables. Cuando se está cerca siempre aparece alguien o algo que nos quiere desviar; aparecen por ahí las amenazas, las negociaciones, los arreglos o las famosas concertacesiones.
En Utopía, esa ciudad ficticia de Tomás Moro, claro que se podría llegar. Porque sus leyes son justas y sus hombres han sido educados dentro de esa justicia. Pero en nuestro país lo que imperan son los privilegios y cada vez en mayor grado la impunidad.
Hoy día matar a un periodista en México es como atropellar a un perro en despoblado. Y por eso mismo, porque los que asesinan periodistas no tienen castigo, por eso es tan tentador y al mismo tiempo redituable. Si desde un principio, en el caso del primer periodista asesinado se hubiera llegado “hasta las últimas consecuencias” entonces los que asesinan periodistas se lo pensarían dos veces.
Peor aún si en lugar de llegar a las últimas consecuencias un gobierno considera a los periodistas enemigos del estado, sólo porque éstos hablan de la realidad de ese estado, pues los que asesinan periodistas han de sentir que están rindiendo un servicio a la patria.
Ahora se ha anunciado la creación de un organismo de protección a los periodistas. ¿Cómo va a funcionar? No sé. No sé si tendremos que ir a inscribirnos, si nos van a dar una credencial para que cuando nos quieran levantar la mostremos y así evitemos el levantón; no sé si nos va a hacer inmunes a las balas, a la asfixia, a la tortura. No lo sé. Toca al gobierno explicar en qué consistirá. Porque si es semejante a la fiscalía de atención a periodistas que ya hace rato anda por ahí “funcionando”, entonces estaremos igual.
Hay varios lugares a donde seguido nos mandan y no vamos porque no queremos ir o porque no podemos llegar o porque no existen. La chingada es uno de ellos, si me mandan no voy, “las últimas consecuencias” es el otro, no llegamos porque no podemos y Utopía es el último, no llegamos porque “no hay tal lugar”. Pero si fuera posible ubicarlos en un mapa estoy seguro que si bien los tres lugares no estarían en la misma calle, estoy cierto de que al menos los encontraríamos en la misma cuadra.
Armando Ortiz Esta dirección de correo electrónico está siendo protegida contra los robots de spam. Necesita tener JavaScript habilitado para poder verlo.
