El Gran Circo de la Contienda Electoral

El Gran Circo de la Contienda Electoral

“Pase, pase, no puede usted perderse el gran espectáculo, la fascinación de principios de siglo, el gran circo de la contienda electoral”.

Cada periodo es lo mismo, acudimos a un espectáculo en donde los actores hacen todo lo posible por llamar nuestra atención. Se paran en el centro del escenario desde donde podamos verlos; conseguimos asientos de primera y esperamos a que el maestro de ceremonias nos presente a los primeros actores.

El primero que sale por ahí, para amenizar un poco, es Pipo el payaso. Sale persiguiendo en su pequeño carro azul de bomberos a su contrincante Chiquiyunes quien, dos, tres veces, le ha quitado su preciado tesoro. Pipo hace unas cuantas piruetas y pone en aprietos a su perseguido. Parece que lo ha atrapado, pone la pistola en la sien de Chiquiyunes y al momento de jalar el gatillo sale una banderita con la leyenda de “Pum”. El público estalla en carcajadas.

Luego, cuando ya no es posible atraparlo se detiene en la pista, nos mira a los ojos y gesticulando nos cuenta el chiste del panista demócrata. “Soy un demócrata”, termina su chiste Pipo el payaso y el público estalla en unánime carcajada; los niños avientan confeti, las señoras sacan sus pañuelos pues la risa vierte lágrimas por sus ojos, los señores aprovechan para rascarse sus partes y Pipo el payaso se despide acompañado de una gran rechifla y una que otra mentada de madre.

En ese momento el escenario se ilumina y el maestro de ceremonias anuncia uno de los actos más peligrosos que se haya presentado en este o en otros sexenios. El maestro de ceremonias exige el más absoluto silencio al momento de anunciar al más grande de los equilibristas, al único hombre que ha podido saltar de un despacho de abogados a una Secretaría de Ayuntamiento, luego a la misma alcaldía y en un salto de tres giros en el aire a una Secretaría de Gobierno para de ahí montar en su monociclo por la cuerda de equilibrio de la Procuraduría y ahora, para cumplir su más dulce sueño piensa realizar un salto tripe, con dos vueltas invertidas a una diputación federal que le otorgaría el tan ansiado fuero.

El maestro de ceremonias anuncia a Rey Gau el acróbata, quien vestido en unos mallones rojos llena, literalmente, todo el escenario.

El público guarda silencio. El equilibrista, con su más de 150 kilos de peso sube por el poste hacia el alambre de equilibrio. La luz de los reflectores no logra abarcar su egregia figura, por momentos parece un farol chino que se eleva a las alturas; por fin se monta en el monociclo y se lanza por el alambre logrando avanzar con paquidermo equilibrio. De repente, en las gradas, una persona estornuda. En medio de tanto silencio el ruido se vuelve atronador, el equilibrista titubea, los guarros del acróbata llegan hasta el individuo con catarro y lo surten a golpes, lo sacan a madrazo limpio del circo y se mantienen cerca de las gradas para que nadie se atreva a hacer ruido alguno. Mientras tanto, a medio camino, el público se da cuenta del fraude, el acróbata en realidad está colgado de unas cuerdas, el riesgo es nulo; si bien el morbo los tenía a la expectativa de verlo caer y derramar su grasienta humanidad en el suelo, ahora saben que Rey Gau, el acróbata, tiene todo calculado. Pero nadie se atreve a denunciar el fraude, todos guardan silencio y por miedo a que los madreen, al terminar el acto, aplauden con fingida emoción. “Bravo, bravo, arriba el equilibrista, Rey Gau el acróbata”.

El escenario queda en silencio, la luz disminuye y se concentra en un haz que ilumina una jaula. La jaula está cubierta por una manta roja. En ese momento se escucha la voz del maestro de ceremonias que pide mantener la calma. Todas las medidas de seguridad están tomadas. Traído desde las selvas de Nopaltepec, se ha logrado atrapar a uno de los más grandes depredadores de estas tierras. Su voracidad es inmensa, su astucia es inigualable, su capacidad de convencimiento es perversa. Un redoble de tambores levanta un ¡ah! de expectación. La manta se retira y se descubre el contenido de la jaula. En ese momento aparece el depredador, un felino de la especie fidelius abominabilis; da vueltas sobre su propio eje lanzando miradas de odio. La voz del maestro de ceremonias lo llena todo: “Es negro como las panteras, pero no es pantera; es manchado como los jaguares, pero no es jaguar; es vigoroso y concupiscente como los leones, pero no es león”. Los niños se resguardan en sus madres, las vírgenes cubren su sexo límpido, las madres se remuerden la conciencia, los hombres se lamentan su suerte. No hay domador para esta fiera por eso lo mantienen enjaulado. La voz del maestro de ceremonias ya no se escucha, todos viven el trauma de un sexenio, la catarsis se generaliza y el miedo lo envuelve todo. Nuevamente se hace la oscuridad, el silencio, sólo una voz susurra: “Zetaaaaa”…

Para romper con ese momento tenebroso vuelve a sonar la música, la pista se ilumina y aparece vestida de amarillo la mujer barbona, perdón, bigotona. Trae un perrito amaestrado al que llama Castán. Ya están colocados unos obstáculos, aros, tablas de equilibrio, rampas. Castán el perrito es el deleite de los niños, Margarita la domadora a una orden logra que el animalito salte hacia los aros, pero el animal es tan bruto que no logra entrar en el aro. Lo mismo pasa con la tabla de equilibrio, una tras otra cae al suelo desde donde lo recoge Margarita la domadora. Luego, en el último acto, el de la rampa, el perrito Castán se detiene y se caga. El colmo, Margarita la domadora sin limpiar el desastre lo echa a su regazo y sale sin esperar aplausos.

Luego salen los enanos Pepeyu y Charleston, montados en un pony que les regalara su papá gigante. Ahí están los únicos enanos que alimentan con chayote a sus gatos para que los hagan ver gigantes.

Y así, durante tres meses, se prolonga el espectáculo donde no falta el hombre bala proveniente de la zona sur del estado, los domadores domados y para cerrar con broche de oro los trapecistas que dejan su curul para buscar en puesto en el Congreso federal.

“Pase, pase, no puede usted perderse el gran espectáculo, la fascinación de principios de siglo, el gran circo de la contienda electoral”.

Armando Ortiz

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