El bumerán de un beso

El bumerán de un beso

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El presidente y general se acomodaba la casaca, alcanzó a respirar profundo y de una bocanada de aire que jaló los suspiros de su existencia dejó que la dama le quitará con un blanco pañuelo la pintura de sus labios que ya no estaban carcomidos por los vientos helados de tierra adentro. La intemperie a caballo al mando de la tropa y la vista clavada en cada cerro para no dejarse emboscar por el enemigo daban tregua al general cautivado por la presencia de la esposa del hacendado que lo hospedaba en su camino desde la Ciudad de los Palacios hasta una lejana Zacatecas donde la rebelión, una de tantas, no podía hacer mella al héroe de Tampico. Los pasos del señor de la hacienda cada vez más fuertes a un regio comedor con un gran candelabro y el óleo de una naturaleza muerta de autor desconocido fueron los testigos de una escena que trascendió los labios de una furtiva pareja para influir en la enredadera que se convierte la geografía cuando su apellido es el de “política”. Un beso cimentó una nueva entidad federativa en una maltrecha república. La dama de Aguascalientes se alejó del mandamás de lo que se esforzaba a seguir siendo México, sin tregua y con el júbilo al que sólo un imaginario Handel con sus fuegos artificiales podría acompañar de fondo, le dijo al marido: el General Santa Anna, nuestro presidente, ya resolvió que Aguascalientes será independiente de Zacatecas. El hacendado tomó su copa y sugirió un brindis por el nuevo estado. Su alteza Serenísima, ese veracruzano furtivo, el “quince uñas” por no tener una pierna que le voló un cañonazo francés frente a la defensa del Heroico Puerto de Veracruz llevó el beso a un decreto presidencial el 10 de diciembre de 1853 declarando a Aguascalientes como departamento fuera de la órbita zacatecana. No fue hasta la Constitución de 1857 que, por primera vez, Aguascalientes fue reconocido como estado de pleno derecho. El que robó el beso quizá recordó su osadía de besar a aquella mujer cambiando el mapa de un país ultrajado en territorio, a veces de porvenir y otras veces en caída libre por el laberinto de un precipicio sin final. El trópico de Turbaco, Colombia, donde pasaba el exilio el hombre que pasó por seis veces por la presidencia de México le regresaba una bocanada de aire caliente emulando el candor de los labios que se labraron en el escudo de armas de Aguascalientes ante una debilitada Zacatecas.

171 años después ese beso furtivo, audaz, caricia del azar, embrión de una nueva patria chica, silueta de una historia que navega en un realismo novelesco, se convierte en el bumerán zacatecano para los veracruzanos. El territorio de un “xalapeño ilustre” paga las consecuencias de achicar a Zacatecas y castigar una rebelión en la era que la pólvora hacía una nube tan densa que hasta volvía invisible la silla presidencial. Llega una gobernadora zacatecana a gobernar Veracruz, la trampa del destino, la bendita veleidosa fortuna que describe Maquiavelo como el factor suerte de todo príncipe y el derrotero árido que ha pulverizado (o escondido) la vocación política jarocha antepone una nueva realidad que es, guste o no a muchos.

Vienen otros debates alejados a un beso, los cantos chauvinistas de una lectura de un Monroe jarocho “Veracruz para los veracruzanos”, pero ante todo unas interrogantes más allá del personaje que despachará en la misma oficina donde estuvieron Cándido Aguilar, Heriberto Jara Corona o Adolfo Ruiz Cortines, entre otros valiosos veracruzanos, ¿Qué es ser veracruzano en el siglo XXI? Veracruz fue la puerta de México y su impronta está en cada época histórica donde supo hacer patria. ¿Cómo se hace patria ahora? Imposible olvidar que el mestizaje, la raíz afroantillana, la fusión cultural y un puerto de ultramar como Veracruz dio brío a su cultura, gastronomía y música, evocación y mezcla de diversas latitudes.

Una zacatecana tratará de gobernar a un Veracruz desafiante que quizá un diagnóstico de un alto funcionario del Banco Mundial expresó con maestría hace pocos años: “no es un estado pobre, es un estado empobrecido”. Después de todo a más de 170 años del beso aparece su bumerán zacatecano como castigo o karma, pero ante todo recordar que muchos que nacieron en territorio veracruzano son cómplices del empobrecimiento del estado “que fue un país” mientras otros que no nacieron en su geografía contribuyeron a engrandecer al Estado. La historia ofrece cátedra y lista de ejemplos. ¿Cuántos veracruzanos eminentes lo fueron porque supieron escuchar, aprender y valorar enseñanzas de hombres y mujeres de otros lugares?

Ser veracruzano no es una apuesta del destino caprichoso que no elige donde nacer, sino que es el esfuerzo para desde su cosmovisión, espacio y formación se contribuya a hacer patria más allá del suave nudo marítimo de su costa, del son y de la mirada desde su vigilante en los altos de Orizaba, el mismo gigante que fue testigo del paso de los siglos desde que la cultura madre se estableció en la curva que abraza a lo que hoy llamamos el Golfo de México hasta el paso de ejércitos invasores con rumbo al centro de la república. Más allá de un puesto político perecedero como la gubernatura veracruzana, el beso hidrocálido ¿será un bumerán para descifrar qué es ser veracruzano hoy en día?


Juan-Pablo Calderón Patiño

Imagen: mexicodesconocido.com.mx