
Xalapa, Veracruz
Mi ciudad vive presa del caos vial porque 200 mil vehículos ahogan sus calles avenidas. Ante esto y ante la casi impasible mirada de las autoridades, tanto municipales como estatales, la sociedad civil tiene que encontrar mejores maneras de moverse de un lado a otro con rapidez y seguridad. El transporte público, a como está, no representa una solución, por lo que mucha gente ha optado por transportes alternativos como la bicicleta y la motocicleta. De la bici se han dicho cosas muy positivas, que no contamina, que sirve para ejercitarse, etcétera, pero a la motocicleta más bien se la ha satanizado indebidamente, puesto que manejada con las debidas precauciones resulta el transporte ideal. Veamos por qué.
El uso de la motocicleta día con día se vuelve más común en las grandes ciudades, y en las medianas y en las pequeñas y en los pueblos, etcétera. Que esto ocurra sólo quiere decir una cosa: mucha gente se está dando cuenta de sus beneficios.
Son más baratas —hablando de motos utilitarias, no de los bellos monstruos de doscientos mil pesos o más que se venden en las grandes concesionarias—; son versátiles —lo mismo transportan treinta kilos de tortillas, con todo y su temerario “mototortillero”, que a un estudiante de secundaria con todo y libros; son más prácticas —en el espacio urbano en donde cabe un auto caben cuatro motos—; son fáciles de estacionar —y de que se las roben también— y resultan muy divertidas. Sin embargo, tantos beneficios no pueden venir sin problemas aparejados.
El motociclista urbano se enfrentará al erróneo concepto de muchos automovilistas, que piensan que las calles son para su uso exclusivo; a la falta de una cultura vial por parte de los peatones, que cuando ven venir una moto cruzan campantemente la calle porque piensan que ésta fue diseñada para poder frenar en veinte centímetros de asfalto; a la fama funesta de motociclistas cinematográficos, que han propagado la idea de que toda persona encima de una moto es un delincuente en potencia.
Además, desde luego, a la satanización por parte de las autoridades viales, cuyos códigos no escritos dicen que cualquier individuo montado en un aparato motorizado de dos ruedas, tiene la firme intención de pasarse por el arco del triunfo el Reglamento de Tránsito y que, además, es velocísimo traiga la moto que traiga.
Aunque cabe reconocer que gran parte de tan mala fama ha sido ganada a pulso por el propio motociclista. Esto porque en la misma agilidad que este vehículo tiene está el pecado, pues muchos motociclistas piensan que porque caben en donde sea se pueden meter en donde sea, que porque la máquina responde, en aceleración y maniobrabilidad, más fácilmente que un auto esto sirve para rebasar temerariamente, meterse intempestivamente de un carril a otro y para pasarse los semáforos en rojo.
Y puede que algunos digan que todos estos son infundios, sin embargo, estadísticamente somos casi indefendibles (contándome yo como motociclista). Dicen estas “señoras” (las estadísticas), que en la Unión Europea la probabilidad de matarse en una moto de calle es 17 veces más alta que en una turismo (de carretera).
Así también, es común que en las calles de nuestras ciudades mexicanas muchos motociclistas circulen temerariamente, algunos no rápido o imprudentemente, pero sí sin casco, guantes, lentes o algún tipo de equipo de seguridad básico. Si alguno de éstos fuera embestido, aún ligeramente, por un auto, o derrapara con gravilla, aceite o por estar el piso mojado, con seguridad saldrá lastimado.
Además en México, jurídicamente, la mayoría de las motos —y los motociclistas— circulan de manera irregular, pues no es raro que no porten tarjeta de circulación (las motos), ni licencia (los pilotos). Ya de títulos de propiedad, órdenes de importación y facturas, mejor ni hablamos. En caso de un accidente, esta circunstancia obrará en contra del motociclista, aun y cuando éste no haya tenido la culpa del percance.
Ante este panorama, necio será seguir pidiendo respeto de los automovilistas, peatones y autoridades viales; pues primero habrá que corregir muchas cosas que se encuentran mal.
La responsabilidad de un motociclista empezará, sin duda, en mandar un mensaje a quienes lo ven, de que se está consciente de la actividad que se realiza y de lo que es necesario para tal efecto; portar el casco de seguridad no sólo protegerá nuestras vidas, sino que también indicará a los automovilistas que se es respetuoso de los reglamentos, de la vida de los demás (un insecto incrustado en un ojo por no llevar lentes de protección, a cuarenta kilómetros por hora, podrá originar que se pierda el control y que se embista a alguien), pero sobre todo, que se respeta la vida de uno mismo. Recordemos que nadie tendrá respeto para quien no se respeta a sí mismo.
Así pues, empecemos a crear una cultura del motociclismo y del respeto vial entre nosotros mismos; una vez logrado esto, será más fácil exigirlos a los demás.
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Alejandro Hernández y Hernández

