Mi ciudad, antes de ser de Enríquez fue de las flores, más antes había sido de las ferias, pero luego los alcaldes las empezaron a hacer muy “pinchis” y pues se acabaron. Hoy, sólo es de Enríquez porque los pergaminos de los decretos no se extinguen tan fácilmente como las flores de las plantas.
Xalapa ha tenido un crecimiento desbordante y sin planeación que depreda voraz todo vestigio de flora y fauna. Los fraccionamientos residenciales se autorizan al por mayor si llevan un plano bien requisitado —y un rollito de billetes en donde el proyecto dice: Estudio de Impacto Ambiental—, o si ya están hechos —gracias a los buenos oficios de “paracaidistas” y líderes de colonos— y no queda más remedio que beberla o derramarla.
Los microclimas prácticamente ya no existen y en su lugar tenemos cientos de “islas” térmicas que contribuyen al aumento de la temperatura regional.
Hasta hace no muchos años era posible ver, en el sur de la ciudad (las Ánimas, las Trancas, el Castillo, etcétera) fincas de café con naranjos o platanares dándoles sombra; guayabos, zapotes y limoneros —incuestionables representantes de una vegetación de clima tropical de altura—; en el centro de la ciudad había jinicuiles, aguacates, liquidámbares y un sinnúmero de flores de ornato. Por la zona del Boulevard Banderilla había duraznos criollos, nísperos y otro tipo de árboles y plantas representativos de tierras más frías. O sea, micro climas con vegetación y fauna abundantes.
El clima era húmedo y templado y el termómetro rara vez rebasaba los 28º centígrados. Ahora, en el verano tenemos temperaturas arriba de los 30º centígrados, llueve muchísimo menos y el famoso chipi-chipi xalapeño es tan sólo un bar en una de las calles del centro. Y en el colmo del cambio climático, este domingo pasado vimos caer granizos del tamaño de una pelota de beisbol, los cuales rompieron parabrisas, medallones, láminas de techos, domos y descalabraron a uno que otro descuidado al que la granizada tomó desprevenido.
Los intentos para devolverle la categoría de ciudad de las flores a Xalapa son, si acaso, patéticas jardineras encima de las banquetas angostas de algunas calles y una feriecita de floricultores, que se lleva a cabo cada año. Las flores y plantas que se venden ahí, por cierto, son cultivadas en viveros ubicados en Coatepec, por mencionar el punto más cercano, y en el estado de Puebla.
El “urbanismo” que se ha apoderado de nuestra ciudad no contempla jardines ni patios interiores; el gusto por las plantas de ornato y las flores no existe en las nuevas generaciones y, si acaso alguna planta adorna las estancias xalapeñas, ésta habrá sido comprada en alguna sucursal de “Casa Ahued” y tendrá un tristísimo “Made in China” en lo más grueso de su sintético tallo.
Las áreas verdes de los fraccionamientos sólo existen en el papel del proyecto que se presenta para su autorización pues, igual que los estacionamientos en los edificios nuevos, jamás llegan a realizarse. Los pulmones de nuestra ciudad cada vez son menos y tarde o temprano, por falta de cuidado, colapsarán.
Las organizaciones de urbanistas recomiendan, como mínimo, 20 metros cuadrados de vegetación por habitante, pero esto no se cumple casi nunca.
La tendencia moderna, en países de Europa, es la realización de casas y edificios “verdes”, es decir, que incorporen —ya sea en fachadas, balcones o techos— plantas y árboles pequeños. Los beneficios son impresionantes: hasta 5º C menos de temperatura en las fachada; protección contra el ruido, menor presencia de CO2 en el entorno, aislamiento de la radiación solar hasta en un 90 %, recuperación de la fauna menor (insectos, ardillas, aves, etcétera), mejoramiento de la estética urbana y muchos, pero muchos, más. El reto ahora es encontrar el punto medio entre la urbanización y la conservación de la vegetación.
¿No valdría la pena, en la ciudad de las flores, intentar hacer cosas como estas? Claro, no tan mala hechas como las de doña Chabela, que las que puso en el mercado Jáuregui ya nomás son las puras varañas.
Alejandro Hernández y Hernández
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