Mi ciudad, como todas las del país, vive con intensidad las campañas políticas, tanto la presidencial como las de diputados y senadores. Unos ciudadanos más otros menos, pero todos de alguna manera se ven involucrados en esta fiebre electoral.
Las posturas hacia los candidatos van desde la ya típica indiferencia mexicana, madre de ese abstencionismo de casi 50 puntos porcentuales, inaceptable en un país que se precia de democrático e inexplicable estando las cosas como están, hasta las radicales a favor de uno o de otro candidato o partido político.
En medio de ellas se encuentran algunos que hablan de votos de castigo y otros que llaman a votar anulando la boleta, yo digo que tanto los radicales, como los pro voto de castigo y los pro voto nulo están equivocados.
En los primeros el apasionamiento no los deja ver más allá de sus narices. Votan visceralmente sin encontrar los claroscuros que toda situación humana contiene; esa actitud no le sirve a México. En los segundos ocurre lo mismo que en los primeros, votar por unos para “castigar” a los otros sin tomar en cuenta más factores que eso, es desperdiciar el voto y negarle la oportunidad a quien pudiera tener las mejores propuestas. En los terceros la cosa está peor, pues anular el voto es negarse completamente a cualquier opción posible. Un voto nulo es como perder por default, como pedirle al mesero que retire el plato sin haberle comido nada, es, pa acabar pronto como un beso sin amor.
Yo digo que lo que nos hace falta son votos de calidad, ni nulos ni de castigo. Es decir, como que ya va siendo hora de que los ciudadanos nos tomemos en serio nuestro papel y que dejemos de lado las dos cosas que le han dado en la torre a la política de este país: la indiferencia y el apasionamiento barato.
El voto de calidad es lo que puede hacer la diferencia. Y ese voto, preciso, reflexivo y útil, sólo puede ser dado con inteligencia, pero sobre todo con conocimiento de causa. Conocer las propuestas, adentrarse en el, si usted quiere, aburrido y complicado mundo de los políticos y entender el qué, el cómo, el cuándo y el porqué van hacer lo que dicen que harán si resultan ganadores, es ejercer un derecho con calidad de ciudadano responsable.
Ni por enojo ni por ir a la cargada, hay que votar con criterio, con inteligencia y con frialdad. Sí, ya lo sé, la oferta está muy pinche pero si no nos involucramos y no hacemos valer, con entendimiento y valor cívico, nuestro derecho de votar la cosa se va a poner más pinche todavía.
Triste es, como dicen algunos, que se tenga que elegir entre el menos peor, pero más triste es que no hagamos nada por evitar que el que llegue a gobernarnos sea el “más peor” de todos. Y no hablo aquí ni de verdes ni de colorados, sino de todas las opciones políticas que hoy juegan, y de entre las cuales nosotros podemos elegir.
El poder del ciudadano existe y es proporcionalmente tan poderoso como el de los políticos, lamentablemente hemos dejado durante mucho tiempo que sean ellos quienes decidan. Pongamos las cosas en orden, informémonos y votemos sabiendo lo que hacemos y por qué lo hacemos. Un voto de calidad nos convertirá, a nosotros en ciudadanos de calidad y a México en un país con una democracia de calidad.
Alejandro Hernández y Hernández
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