La Quina, Tamaulipas y Minatitlán

La Quina, Tamaulipas y Minatitlán

 

En la década de 1980 nos tocó vivir otro México muy distinto. Era el poder absoluto del PRI totalitario. No había internet, no había celulares y las computadoras eran vistas como cosas del diablo. El año 2000 era inalcanzable y futurista.

Esa época fue parte de la bonanza petrolera tan cacaraqueada por el priato, cuando el petróleo era nuestra carta de presentación ante el mundo. En ese entonces, el líder nacional del sindicato era Joaquín Hernández Galicia, “La Quina”, fallecido hace una semana.

Se trató de un periodo de riqueza que no se ha vuelto a repetir y muchos petroleros en Veracruz añoran. El dicho popular entre éstos es que “La Quina robaba, pero repartía entre todos”. A los que vivimos la infancia en Minatitlán, nos tocaron las patadas de esa prosperidad.

La historia indica que Minatitlán era opositor político a “La Quina”. Los tamaulipecos asentados allí, por el contrario, se sentían orgullosos de que su líder regional fuese quien llevara las riendas del sindicato nacional.

Y es que “La Quina” era anteriormente dirigente de la Sección 1 de Ciudad Madero, Tamaulipas, y desde ahí convirtió su base operaciones al romper el acuerdo de que se relevaría la dirigencia nacional del sindicato entre las zonas norte, centro y sur. “La Quina”, una vez convertido en el máximo líder de los petroleros, nunca soltó el imperio. Los más felices: los tamaulipecos que convivían muy cerca de él.

Quienes lo conocieron dicen que tenía una memoria prodigiosa: con sólo ver a una persona, se acordaba del nombre, el de los padres, en qué departamento laboraba y en qué factoría.

Fue un hombre polémico cuyo error fue acumular demasiado poder. Su máxima lapidaria fue: “Si se cae el sindicato, se cae el presidente”; no obstante, mandatarios como López Portillo le reconocieron su labor más allá de los alcances del sindicato petrolero, como el aprovechamiento del campo y otras industrias como la textil.

Precisamente uno de los legados que se perdieron del Quinismo fueron las Tiendas de Consumo: tiendas departamentales donde uno podía adquirir de todo como hoy en las grandes cadenas comerciales, pero eran pertenecientes a los petroleros, administrados por los petroleros, con beneficios para la clase petrolera.

En Minatitlán se recuerda la megatienda de la colonia Petrolera, donde hoy es Crediland, cuya explanada en tiempos navideños se convertían en carpas gigantescas a donde los petroleros podían acudir a comprar montañas de juguetes para sus hijos. Otra de las tiendas está donde actualmente es la funeraria del sindicato, en la calle Reyes Aztecas.


Otra de las creaciones fue el uso de granjas y hortalizas donde algunos obreros transitorios hacían labor social. Una de éstas estaba ubicaba en lo que hoy es la unidad habitacional “Sergio Martínez Mendoza”, y era otro de los beneficios que se otorgaban a los obreros a través de despensas. De hecho, dicen que las despensas otorgadas por “La Quina” cada quincena eran tan vastas que difícilmente se acababan: de ahí vino la transa de vender los vales a gente no petrolera para que se hiciera de víveres pagados por el sindicato y por Petróleos Mexicanos.

Los uniformes para los obreros de PEMEX eran también suministrados por textileras propiedad del sindicato petrolero.

Todo esto era como una especie de utopía donde había facilidades para todo y con cargo a la holgada nómina, pero Sergio Martínez Mendoza, opositor a “La Quina” y dirigente de la poderosa Sección 10 de Minatitlán, siempre estuvo en contra de todo lo anterior: “El trabajador está para la producción de petróleo, no para el campo”.

“La Quina” fue un hombre que dijo en sus últimas entrevistas que nunca mandó matar, pero se le cargan dos muertitos en la historia oscurantista del sindicato petrolero en la lucha por el poder: Óscar Torres Pancardo, dirigente de la sección 30 de Poza Rica (región opositora a la perpetuidad de “La Quina”) así como Heriberto Kehoe Vincent, de la misma sección y quien fue asesinado saliendo de un café de esa misma ciudad. De Torres Pancardo siempre se manejó la versión de que había fallecido en un accidente automovilístico, pero lo extraño fue que su cuerpo, así como el de su chofer, tenía impactos de bala, lo que infiere que fueron perseguidos.

Se cuenta que “La Quina” contaba con todo un equipo de guardaespaldas armados que nada le envidiaba al Estado Mayor Presidencial. Que entre sus pistoleros de confianza se conocía a uno apodado “Vikingo”, quien no se le despegaba ni de su sombra.

Su caída fue escandalosa como el gran poder que ostentaba. Pensaba que él como dirigente del sindicato más importante del país podía manejar las riendas de la política nacional, lo que hizo faltar a la institucionalidad tan arraigada que tiene la clase política mexicana hacia la figura del Presidente.

Empezó a cavar su tumba cuando apoyó públicamente a Cuauhtemoc Cárdenas Solórzano como candidato en contra de Carlos Salinas de Gortari, el candidato priísta: una vez ganada la Presidencia, Salinas lo encarceló con el famoso “Quinazo”. El mito urbano dice también que fue en venganza porque alguna vez “La Quina” hizo que Carlitos se disfrazara de mujer y le gritara “¡Que baile el pelón! ¡Que baile el pelón!” (el travestismo es muy común en las legendarias juergas de la cúpula petrolera).

Pocos fueron los amigos que lo visitaban en la cárcel; entre ellos, el ex diputado local por Minatitlán, Rosendo Enríquez Guzmán, quienes lo siguieron viendo a lo largo de su estadía en prisión. Los tamaulipecos asentados en Minatitlán se quejaban entonces de que comenzaron ser bloqueados por los nuevos dirigentes petroleros originarios de Oaxaca.

De hecho, la caída de “La Quina” tuvo que ver con la reactivación del petrolero jubilado Sebastián Guzmán Cabrera, a quien el presidente Carlos Salinas lo convirtió en el nuevo dirigente nacional del sindicato, con la misión también de desaparecer todo rastro del Quinismo: las tiendas de consumo, las granjas y las textileras. El periodo de bonanza también fue concluyendo y comenzaron las crisis económicas ya conocidas por todos.

Pero es Minatitlán (como igual Ciudad Madero, ligado históricamente a Veracruz por los tamaulipecos que llegaron a trabajar) testigo del modo de conducir los destinos del sindicato petrolero por parte de “La Quina”. Tiempos donde quizás podría haberse dado el crecimiento y desarrollo de una ciudad ahora inmersa en la basura, la corrupción y las aguas negras.

“¡También era un hijo de la chingada” me dijera alguna vez mi abuelo, en paz descanse y siga fumando como chacuaco.

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