Reflexión sobre un país sin esperanza

Reflexión sobre un país sin esperanza

 

La escalada de violencia que se vive en varias zonas del país desde hace unos días, coincidentemente a partir de la detención del líder del grupo de sicarios “Los Zetas”, ha vuelto a sembrar el terror entre la gente, que pensaba que lo peor había pasado y que como los medios ya no hablaban de ello, la inseguridad había disminuido.

Michoacán es actualmente el escenario más cruento de esa guerra desbocada que sigue enlutando a cientos de familias mexicanas. Pero no por menos estridente, la realidad de entidades como Veracruz, Tamaulipas o Guerrero es menos pavorosa. Sólo es más silenciosa últimamente.

Un lector de esta columna, a quien conozco desde la infancia y que vive en Michoacán, me hizo llegar una reflexión sobre la terrible situación que enfrentan de cerca y desde hace varios años, que ha costado la vida de amigos y conocidos, pero sobre todo, la pérdida de la tranquilidad para vivir y trabajar en una entidad que antes era un paraíso. La comparto como un testimonio de la desesperanza que no termina en México.

“En medio de muchas reflexiones y versiones de lo que se vive en el país, tengo mi particular punto de vista sobre lo que un ciudadano ordinario como yo vive en un lugar como Uruapan del Progreso, Michoacán. Es de muchos sabido cómo la maña, los malos o como les quieran llamar, está coludida con el gobierno, en cualquier nivel, desde municipal, hasta lo federal.

“Lo que hemos vivido los de a pie aquí en el pueblo son lamentables hechos que poco salen a la luz pública, como los levantones, secuestros y ejecuciones, que tarde o temprano llegan a un pie de distancia, siendo el caso de algún conocido o amigo que haya pasado por esto. Ejemplos hay muchos, empezando hace algunos años con los primeros que se negaron a pagar cuota y se los echaron en la vía pública, a los más recientes, que según mendingando pesos por los semáforos y amaneces un día tranquilo en una glorieta.

“He visto cómo mi ciudad, de ser un lugar tranquilo hace unos 15 años (con sus ‹asegunes›) pasó a ser un campo de batalla en el que ya no sabes si te están vigilando, desde el limpiavidrios, el taxista, el franelero, el velador o el tránsito que de la nada te para y te pregunta cualquier cosa. Realmente sería bueno que de pronto todo esto se acabara. Nuestros hijos, amigos o conocidos, todos nos quejamos de lo mismo y vemos con tristeza cómo pasan las cosas.

“En estas condiciones, podría mencionar, de oídas, cómo se manejan las cosas aquí, aclarando que nada me consta, pero medio mundo lo sabe… por ejemplo: los tránsitos halconean, si alguien es sospechoso o le pusieron el dedo, lo paran, revisan que esté limpio (sin armas) y más adelante lo emboscan y lo que le toque. Los limpia parabrisas en un semáforo te escanean y lo mismo.

“Últimamente se han escuchado desapariciones de señoras, que las bajan de sus carros y pues tienen a media sociedad es psicosis. Nada menos una maestra de un kínder, desaparece durante una semana y sin conciencia de lo ocurrido; así podría relatar el caso de como 20 conocidos, secuestrados o asesinados y no hay novedad.
“Últimamente en los operativos de tierra caliente, salen los helicópteros llenos de federales y desafortunadamente regresan menos de los que se van. Diario es lo mismo, los hoteles rodeados de camionetas y siempre con varios escoltas, eso está bien, si fuera algo que tuviera un objetivo claro y hubiera una fecha clara de término, pero la cosa es que van años y no hay cambio. Por un lado los federales de ‹don Juanes›, cortejando y embarazando a chavitas y por el otro las mortandades de éstos. Pobres cuates, agarran a uno medio pesado, lo visten de federal y ahora éste goza de inmunidad y le pone el dedo a sus ex cuates o rivales.
“La cosa es que no se sabe. Las emboscadas en los cerros, la verdad es una broma de mal gusto, pura carne de cañón, van entre maleza, en caminos donde difícilmente anda uno a caballo y terminan sirviendo de blanco de diversión, quedando en posiciones vulnerables.

“Si realmente se pudiera hacer algo, no es en las trincheras perturbando la paz de medio mundo, es desde arriba. Pero pues ahí que se la lleven, al fin que mientras no les toque a ellos, no habrá ninguna organización o beneficencia que sirva.”

Hasta ahí el texto de este amigo que, por razones obvias, me pidió no divulgar su nombre. Es realmente una desgracia lo que ha sucedido con nuestro país, cómo nos han arrebatado la tranquilidad. Y esta postal, desgarradora, puede ilustrar lo que viven en muchas otras ciudades de México.
Lo que cabe preguntar es hasta cuándo.

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