Del antiguo Puente Atenas

Del antiguo Puente Atenas

 

Era pequeño, íntimo, muy seguro; pocos accidentes recuerdo, los casos que se dieron fueron por descuido de las personas que transitaban en auto o a pie. Intimidaba su altura, desde arriba se veían los patos y a veces las garzas que en su migración hacían una escala.

Era pequeño, íntimo, muy seguro; pocos accidentes recuerdo, los casos que se dieron fueron por descuido de las personas que transitaban en auto o a pie. Intimidaba su altura, desde arriba se veían los patos y a veces las garzas que en su migración hacían una escala.

Cuando niño, en mi álbum de Disney, los sobrinos de Rico Mac Pato jugaban en las aguas del lago de los patos. La foto la tomaron desde el Puente Atenas. Claro, si Xalapa era por entonces la Atenas Veracruzana, su puente lo debía ser.

No sé qué fue primero, si El Águila o el puente. Pero desde que soy niño ahí está el plumífero de piedra, de cemento, mirando altiva el paso del tiempo. En sus alas me refugiaba de la lluvia, como lo harían sus polluelos. Águila altiva, te supongo madre, te supongo vigía, te supongo eterna, te supongo mía.

Por esos años conocí a mi primer ahogado. Mi hermana fue la última que lo vio vivo. Dice que el hombre estaba recargado en la orilla del puente. Después nos enteramos que estaba borracho y que en un traspié se cayó a las aguas del segundo lago. Ella pegó el grito de su vida. Como nadie entendía lo que le pasaba todo mundo le buscaba en los brazos y en el cuello el piquete de algún bicho; harto se tardaron en comprender que el alboroto era porque un hombre había caído al agua. Rápido salieron mi padre, mi madre y mi tío a buscar al hombre en el agua, pero ya no vieron nada; bueno sí, burbujas de aire que debieron ser las últimas palabras intraducibles que se reventaban en la superficie del lago sin originar sonido alguno. Más tarde llegaron los rescatistas, que después de buscar en vano por más de dos horas empezaron a creer que todo había sido una mentira de mi hermana, quien, acosada por las preguntas, ladina como era, sólo respondía lo que se le antojaba: “Y si me quieren creer allá ustedes, yo vi cuando se cayó y no me interesa que lo saquen, ¿para qué?, ya debe de estar muerto”.

El método que utilizaron los rescatistas fue bastante primitivo. Uno se piensa que estos son héroes que se visten de buzo y bajan a la profundidad con lámparas para encontrar el cadáver, pero no. Se pasaron todo el tiempo lanzando al azar, más o menos por el lugar en donde mis padres habían visto las burbujas, un garfio de hierro oxidado.

Después de casi tres horas el garfio dio con él. Lo sintieron pesado, seguro por toda el agua que se le metió al cuerpo, y tuvieron que jalarlo entre varios. Cuando salió a flote, todos los curiosos que nos hallábamos lanzamos un ¡ah! de expectación. El garfio lo halló por la parte baja del mentón, le atravesó la garganta, y como si fuera una res en canal lo levantaron entre cuatro para arrojarlo en el piso de la lancha. Fue un espectáculo inolvidable.

Quien iba a decir que los recuerdos sobreviven más tiempo que las cosas. Mañana lo lamentaremos, hoy nos parece novedad, pero ese puente íntimo, aunque digan lo contrario, ya no existe. En su lugar pusieron una gran X de color verde. No es la X de Xalapa, por siempre será la X que en el tiempo remarque nuestra desidia, nuestra apatía, nuestra cobardía, nuestra falta de solidaridad. Porque no nos importó dejar morir una parte hermosa de nuestro paisaje.

El Águila, que sigue ahí, permanecerá más tiempo para reprocharnos nuestro error.

Armando Ortiz Esta dirección de correo electrónico está siendo protegida contra los robots de spam. Necesita tener JavaScript habilitado para poder verlo.

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