Habemus Santa

Habemus Santa

 

(EL CUENTO DE ÁNGEL DE MARÍA)

En el año del Señor, 2013, en el mes séptimo, mes del último toque de trompeta, ocurrió que una devota cristiana de nombre Ángel de María fue detenida por la guardia imperial acusada de traficar sustancias non sanctas que provocan alucinaciones en los hombres y deseos concupiscentes en las mujeres. La detención interrumpió el viaje de la joven cristiana, quien iba en peregrinación para conocer a su Santidad, el Papa.

Una vez puesta en las mazmorras del imperio la mujer fue humillada y obligada a convivir con seres de la peor ralea, los llamados pobres. Con ellos compartió habitación y alimento. Escuchó de viva voz sus sucias historias de pobreza, sus tribulaciones día a día buscando algún mendrugo que llevarse a la boca. Los conoció en sus miserias, en sus virtudes y defectos, en sus ansias y sus apetitos. Con ellos convivió tres lunas; y las tres noches su afán estaba en la oración. Como el profeta Daniel en el pozo de los leones, Ángel de María se postraba con las rodillas en la tierra gastando su llanto en oraciones, no pidiendo para ella, sino para todos los pobres que le habían relatado su historia.

Cuentan las crónicas que la devota mujer, soportaba su sufrimiento convencida de que no sólo las personas mayores podrían alcanzar la santidad. “Yo sé –decía la cristiana mujer- que los jóvenes también podemos ser santos”. Así fue su suplició que alcanzó los oídos de la población y su rezó hizo eco por las redes sociales, y sus lágrimas se volvieron un río que recorrió los confines del ciberespacio; y su llanto fue incienso que llegó al trono de nuestro Señor Dios, alabado sea por siempre. Y el Señor la escuchó y entonces obró el primer milagro. Como nuestro señor Jesucristo, Ángel de María salió del hades al tercer día. Fue recuperada por sus seres queridos, quienes la esperaron en la ciudad de los manantiales, llamada Xallapan por los nativos que antiguamente la habitaron. Regocijados sus parientes llamaron al señor Arzobispo para que diera fe del milagro.

El Arzobispo escuchó su relato, supo de sus aflicciones y la escuchó decir: “En vez de llorar y desesperarme, lo único que había para mí era Dios”, entonces, el siervo de Cristo la encontró digna de ser alabada. En un momento de su relato la joven recordó a Santa Teresa de Calcuta y entonces, como si el espíritu de la santa invadiera su cuerpo, ella renunció a toda riqueza, “porque si ella pudo allá, yo acá en México, ¿por qué no?, hacerme pobre entre los pobres”. Y un halo de santidad la cubrió por completo, aunque sus detractores afirmen que fueron las luces de las cámaras fotográficas.

Fue así que el señor Arzobispo llamó a los cronistas de la época, a los juglares y a los trovadores para que compusieran una historia, un canto, una epopeya, para que con ella recorrieran todos los pueblos del virreinato de la Villa de la Verdadera Cruz. Fue así que el canto que relataba el martirio de la joven santa llegó a oídos de su majestad el señor virrey Xavier de Duarte, quien llamó inmediatamente al Arzobispo. Éste se presentó ante el virrey reverentemente, le rindió informe completo de los suplicios de la joven Ángel de María y entonces se obró el segundo milagro.

El corazón del virrey se llenó de pureza y sin pensarlo dos veces llamó al tesorero real y del tributo de las comarcas tomo cien monedas de oro y se las entregó al Arzobispo con la encomienda de que se las entregara a la joven santa para que continuara su recorrido y pudiera ponerse a los pies de su Santidad. Xavier de Duarte, virrey de la villa de la Verdadera Cruz, entregó también una carta para que la santa se la diera de propia mano al Papa Francisco; en la carta había una invitación para que el sucesor de Pedro pudiera visitar el virreinato cuando mejor le conviniera.

“Dejo este texto, no sé para quien, este texto, que ya no sé de qué habla”, pero que pretende ser el resumen de la historia de la primera santa de la ciudad de Xallapan. Los hechos varían de cronista en cronista, pero los años no han logrado que a los devotos cristiano se les olvide la voz de una mujer que en medio del suplicio y la aflicción oró por los pobres y desamparados, obteniendo de Dios su respuesta, otorgándole, a pesar de su juventud, una santidad inmediata. “Stat rosa pristina nomine, nomina nuda tenemus”. (De El Nombre de la Rosa)

A Dios sea la gloria para siempre jamás.

Armando Ortiz Esta dirección de correo electrónico está siendo protegida contra los robots de spam. Necesita tener JavaScript habilitado para poder verlo.

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