“¡Porque es mi nombre!
¡Porque no puedo tener otro nombre en mi vida!
¡Porque miento y firmo mentiras con mi nombre!
Arthur Miller Las brujas de Salem
Es breve la Real Academia Española en cuanto al término dignidad se refiere. Uno de los puntos de su definición anota que dignidad es: “Gravedad y decoro de las personas en la manera de comportarse”. Pero la dignidad va más allá de eso, la dignidad está relacionada con la excelencia, con la elevada moral, con el sentido ético y con las acciones honrosas.
La vergüenza, sin embargo, tiene una definición más amplia en la RAE. Vergüenza es: “Turbación del ánimo, que suele encender el color del rostro, ocasionada por alguna falta cometida, o por alguna acción deshonrosa y humillante, propia o ajena”.
La vergüenza es necesaria pues nos indica que hemos transgredido alguna norma. Cuando Dios en el Paraíso buscó a Adán, después de que éste transgrediera la orden de no comer del fruto del “Árbol del conocimiento de lo bueno y lo malo”, Adán no quería dar la cara: “Oí tu voz en el jardín, pero tuve miedo porque estaba desnudo, y por eso me escondí”. Pero no era sólo miedo lo que Adán sentía, era también vergüenza.
Cuando se pierde la vergüenza se cae en la ignominia, y la ignominia es la pérdida del nombre. Cuando cuesta mucho trabajo hacerse de un buen nombre, uno lo cuida, evita cualquier acción que pueda poner en entredicho el nombre. Pero cuando uno no tiene un buen nombre, da lo mismo si éste se daña o no.
En la obra de teatro de Arthur Miller, Las brujas de Salem, la escena final es digna de mencionar. John Proctor está obligado, si quiere salvar su vida, a firmar una confesión en donde acusa de brujas a las personas que ya han sido condenadas. Proctor se ve obligado a mentir y a señalarlas ante un grupo de personas; pero no es suficiente, debe poner su nombre en la confesión para que sea pegada en las puertas de la iglesia. Pero Proctor se niega, ya ha confesado, dice y es más que suficiente. “Dígales que he confesado; dígales que Proctor se hincó de rodillas y lloró como una mujer; dígales lo que quiera…”
¿Qué era eso que tanto le importaba a John Proctor, por lo que incluso estaba arriesgando su vida? Él mismo lo menciona cuando le preguntan la razón del porqué no quiere ver esa confesión clavada en las puertas de la iglesia: “¡Porque es mi nombre! ¡Porque no puedo tener otro nombre en mi vida! ¡Porque miento y firmo mentiras con mi nombre! ¡Porque no valgo la tierra en los pies de quienes cuelgan ahorcados! ¿Cómo puedo vivir sin mi nombre? ¡Les he dado mi alma; mi nombre no!”. Proctor tenía dignidad.
Señor Salvador Manzur cuando se tiene dignidad se tiene vergüenza; cuando se tiene un buen nombre se tiene honra; cuando se cae en la ignominia, se ha caído en deshonra.
Señor Salvador Manzur, usted ha sido descubierto participando en reuniones con grupos de priistas en donde pone a disposición del Revolucionario Institucional su persona, la Secretaría de Finanzas, al gobernador Duarte y hasta al presidente de la República.
Señor Salvador Manzur, usted ha lacerado la dignidad de los adultos mayores, quienes por mínima justicia se han hecho merecedores de una pensión, escasa, pero en fin una pensión. Usted los ha considerado sus empleados tan sólo porque usted es sólo una vía para que esa pensión llegue a ellos. Usted tenía pensado lucrar con el hambre y la pobreza de miles de veracruzanos, otorgando asistencia social sólo a aquellos que “jalen” con usted y con su partido.
Usted ha dañado el prestigio del Ejecutivo al presentarse a esas reuniones como representante del gobernador Javier Duarte, a quien llama el jefe máximo, como si de una banda de ladrones se tratara.
Señor Salvador Manzur a causa de esos atropellos usted ha caído en la ignominia, en la deshonra. No lo juzgo, sólo calculo las consecuencias. Si usted tuviese dignidad ya habría presentado su renuncia al cargo de secretario de Finanzas de Veracruz; ya habría buscado la manera de salir de ese lodazal para acudir con su familia y pedir perdón, primero a sus hijos, porque el apellido Manzur ha sido lastimado y sus hijos llevan ese mismo apellido.
No tiene usted otro nombre, de tal modo que se lo pudiera cambiar. Está condenado a cargar con él por el resto de sus días; y lo mejor que pudiera hacer es buscar la manera de limpiar ese nombre. Pero permaneciendo en ese lodazal no lo va a conseguir.
¿Quién le está pidiendo que se mantenga en ese puesto de manera indigna?, ¿su necedad o el mismo gobernador? Si es su necedad el indigno es usted, si es el gobernador, el indigno es él; no lo comprometa más.
No crea si le dicen que yendo al Congreso local para cobijarse con los diputados de su partido y con la oposición vendida su nombre se habrá de limpiar. Esos sólo lo ensuciarán más.
Para terminar sólo recuerde lo que la Biblia dice: “Ha de escogerse un nombre más bien que riquezas abundantes; el favor es mejor que aun la plata y el oro”. No sólo deje riquezas a sus herederos, déjeles también un buen nombre.
Armando Ortiz
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