Carta abierta a un presidente sin vergüenza

Carta abierta a un presidente sin vergüenza

«El hambre existe por la desvergüenza de los gobernantes»
Lula    

Señor presidente Enrique Peña Nieto, ¿ha sentido usted hambre? ¿Alguna vez se ha pasado un día entero sin comer? ¿Alguna vez ha creído que podría hacer cualquier cosa por conseguir un pedazo de pan, un bocado, una miga? ¿Alguna vez ha vivido la angustia de que sus hijos le pidan algo para llevarse a la boca y usted no tenga nada que ofrecerles? Como en la novela de García Márquez, El coronel no tiene quién le escriba, ¿alguna vez ha tenido que poner a hervir piedras para que los vecinos no sepan que no tiene usted ni para frijoles? No. Entonces usted no sabe lo que es el hambre.

Tal vez si lo busca en un diccionario (tal vez) encontrará que el hambre es una sensación que indica que necesitamos algo que comer. El hambre es un estímulo fisiológico que ocurre cuando ciertas sustancias, que se riegan en nuestro organismo, llegan al cerebro y le indican que el cuerpo colapsará si no saciamos esa necesidad. Ante esa urgencia, el estómago se satura de jugos gástricos y acude al proceso de la digestión, pero al no haber materia en el estómago, esos ácidos provocan espasmos que pueden ser sólo ronroneos, o pueden llegar a ser dolores agudos.

O quizá, si es usted un hombre religioso, sabrá que el hambre es uno de los cuatro jinetes del Apocalipsis. El tercero que aparece, el que precede al de la guerra. «Y cuando abrió el tercer sello, oí a la tercera criatura viviente decir: “¡Ven!”. Y vi, y, ¡miren!, un caballo negro; y el que iba sentado sobre él tenía en su mano una balanza. Y oí una voz como si fuera en medio de las cuatro criaturas vivientes decir: “Un litro de trigo por un denario, y tres litros de cebada por un denario; y no dañes el aceite de oliva ni el vino». (Apocalipsis 6: 5, 6)

Pero no, el hambre es algo más que eso, el hambre es un perro negro que se instala en los cuatro rincones de una casa. El hambre tiene cara de ignorancia, de depresión, de pobreza, de marginación, pero también de avidez. Muchos son los factores que provocan hambre en un pueblo, usted lo sabe. Pueden ser las desgracias naturales, pueden ser las guerras, puede ser una mala administración, puede ser la especulación; o puede ser que, como dijo Luiz Inácio Lula da Silva en su visita a México: «El hambre existe por la desvergüenza de los gobernantes».

Sí, el hambre existe por la desvergüenza de nuestros gobernantes, de los funcionarios públicos que deben administrar los recursos de una nación, recursos que nos pertenecen a todos. Es por ello que los administradores deben buscar la manera de eficientar esos recursos para que ni un solo peso se desperdicie.

Sin embargo, queda claro, después de los videos incriminatorios en donde se ve a funcionarios del gobierno de Veracruz poniéndose de acuerdo con los funcionarios de la SEDESOL, que se puede lucrar electoralmente con esos recursos, con esos programas, con esos apoyos. Cierto, hoy día muchos utilizan el combate contra el hambre como bandera de justicia, aunque en el fondo, como explicara Salvador Manzur, secretario de Finanzas de Veracruz, las pensiones que se dan, los apoyos que se otorgan son una beca, un sueldo y como ellos son los encargados de dar esos apoyos, pues deben jalar con quien se las da y si no jalan con ellos pues se los retiran.

Así es señor presidente, se condiciona el apoyo si se jala parejo, de no hacerlo, no hay apoyo. No importa la necesidad, no importa el hambre.

¿Alguna vez ha acudido a la sierra de Zongolica, a Mixtla de Altamirano, a Soledad Atzompa? Ahí la gente se habla de tú con el hambre y a pesar de ello, cuando vamos, las personas nos invitan, por cortesía, un plato de frijoles con queso —cuando tienen queso— y unas tortillas duras ablandadas con agua.

Desde la niñez, para mí, la sierra de Zongolica era un lugar mítico, la excusa perfecta para organizar un baile con las señoras de sociedad. Ahí se reunían esas señoras para tomar vino y comer caviar, para bailar hasta bien entrada la noche y discursar que todo lo que se recaudase iría para los niños pobres de la sierra de Zongolica. Pero seguro ese dinero nunca llegó, o sólo servía para que una de esas matronas organizadoras se fuera de paseo a las floridas o a los cancunes, porque la pobreza nunca emigró de ahí, el hambre sigue acompañándolos, como el frío en invierno, como la oscuridad en la noche, como el miedo, como la ignorancia, como la marginación, a miles de hombres, mujeres y niños que, de tan acostumbrados al hambre, ya no sienten dolor, sólo sienten sueño.

Porque usted no sabe estas cosas, quizá por ello se le ve tan tranquilo y hasta invita a un ex gobernante latinoamericano, que es su antítesis, para iniciar junto con él, el combate contra el hambre. Lula da Silva, por si no lo sabe, contendió tres veces por la presidencia de su país, para que por fin a la cuarta llegara, sin la ayuda de las televisoras, sin la ayuda de Monex, sin la ayuda de una prensa vendida. Llegó y cambió su país, y hoy Brasil es una potencia económica.

Pero vino Lula y no le acarició los oídos, antes bien le vino a espetar que para combatir el hambre primero se tendría que combatir la desvergüenza de nuestros gobernantes. Pero en este país son tan desvergonzados nuestros gobernantes que no se dieron por aludidos.

Señor presidente, cuando no hay dignidad, no puede haber vergüenza. Por favor, no comparta la desvergüenza de los otros, no con la señora Rosario Robles, azorada ante el escándalo por el uso electorero de los programas de Oportunidades en Veracruz, que incluyen el combate al hambre; no fomente su desvergüenza diciéndole: «Rosario no te preocupes, hay que aguantar». Pero mientras ustedes se aguantan la vergüenza, millones de mexicanos se aguantan el hambre.

Esa misma desvergüenza es la que hay en Veracruz, donde el secretario de Finanzas aseguró ser representante del gobernador en esas reuniones videograbadas, aseguró también que la Secretaría de Finanzas, a su cargo, estaría completamente a disposición de esos usos electoreros, señaló además que los apoyos son becas y las becas sueldos y los que reciben esos sueldos son sus empleados.

Todos esperábamos que por dignidad el señor Manzur renunciara, pero no lo hizo, porque no tiene dignidad y sin dignidad no hay vergüenza.

Recupere la vergüenza señor presidente y ponga en su lugar a todos: a Rosario Robles, a Javier Duarte, a Salvador Manzur. Ponga en su lugar también a los pobres, ellos, y no estos políticos desvergonzados, deben de ser la prioridad de su gobierno.

Sin más por el momento me despido, esperando que usted y su familia nunca padezcan hambre; o no, tal vez sí debería desear que usted padeciera hambre, al menos por un día, para que sepa con lo que tienen lidiar día con día, mes con mes, año con año, millones de sus gobernados. Entonces estoy seguro, que por arte de magia, usted recuperará la vergüenza.

Atentamente

Armando Ortiz

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