Migrantes: una tragedia interminable

Migrantes: una tragedia interminable

 

Desde hace varios años, Veracruz es escenario de una verdadera tragedia humanitaria que recibe poca atención mediática, pero no por ello es menos grave: el tráfico, extorsión y asesinato de migrantes centroamericanos que se internan en el país buscando llegar a Estados Unidos, o al menos a la frontera norte. El último episodio de esta desventura fue el ataque a un grupo de aproximadamente 300 migrantes hondureños que viajaban en el tren, conocido como “La Bestia”,  con ruta de Coatzacoalcos a Tierra Blanca.

Delincuentes con machetes y armas largas subieron al convoy a la altura de Canticas, adelante del aeropuerto de Minatitlán, para exigirles el pago de la “cuota” para transportarse, 100 dólares por persona. A los que no tenían con qué o no quisieron pagar, los agredieron e incluso, según los testimonios de algunos,  los aventaron del ferrocarril en marcha. En la comunidad de Barrancas, del municipio de Cosoleacaque, el tren se detuvo y los migrantes huyeron de los agresores.

El reporte oficial de la administración estatal fue de nueve lesionados ya dados de alta y uno más en observación. Los informes de los medios de la zona hablan de 17 hospitalizados, dos de gravedad, y una menor desaparecida.

Para el gobierno, se trató de una “riña” entre los mismos migrantes, como si con negar los hechos se cambiara la realidad de un fenómeno criminal que lleva muchos años asentado en la entidad. Porque éste es apenas uno más de los incidentes que todos los días acontecen principalmente en la región sur de Veracruz y en su colindancia con Oaxaca y Tabasco, paso natural para los indocumentados centroamericanos que entran por Chiapas al territorio mexicano.

El sacerdote católico Alejandro Solalinde ha denunciado en muchas ocasiones el horror por el que pasan los migrantes en esta zona: son vejados, extorsionados, secuestrados por los traficantes de drogas y los tratantes de blancas, y en muchos casos asesinados, sin que nadie los reclame, pues nadie los conoce. Sus rostros se confunden entre los de miles que arriesgan todo con tal salir de su desdichada realidad en sus lugares de origen.

Las mafias de traficantes de personas son poderosas y temibles. En buena parte se han fusionado con las del narco y manejan ambos “negocios”. Todo, a la luz del día, en la cara de las autoridades federales, estatales y municipales, quienes saben dónde se reúnen, a qué hora y cuándo pasará el tren, y quiénes controlan esas redes. Pero nadie hace nada. Hasta que la tragedia se hace visible por un suceso como el expuesto en estas líneas. Y luego, vuelve el silencio.

Es éste un asunto que debería tener una enorme importancia para el Gobierno de la República, tan sólo por sus implicaciones para la seguridad nacional. Además, es hipócrita querer negociar una reforma migratoria con Estados Unidos para garantizar los derechos de los mexicanos que viven y trabajan en aquel país, cuando en el nuestro los migrantes que vienen del sur del continente son tratados peor que animales, como carne de cañón de la delincuencia.

Es una tragedia interminable.

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